‘Soy el mayor. Debí haberme ido primero. Siento la culpa del sobreviviente’

Los tres Bee Gees y su hermano menor Andy Gibb, en la gira Spirits Having Flown de 1979. Foto: Tomas Binanti – flickr / Creative Commons

A los 74 años Barry Gibb, el segundo compositor más exitoso de la historia — después de Paul McCartney — se sentía ‘perdido’ de dolor hasta que su esposa le pidió que volviera a hacer lo que mejor sabe hacer: música

La de Glastonbury en 2017 fue, dice Barry Gibb, «la mejor noche de mi vida, sin duda». Como parte del reconocido festival de música inglés — ocupando el espacio Legends del día domingo en el escenario Pyramid — el músico de 70 años invitó a una audiencia que lucía barbas, dientes y chaquetas bomber de lamé dorado a corear con él himnos clásicos de los Bee Gees como Tragedy, Stayin’ Alive y Night Fever. Todo esto, 40 años después de la película Saturday Night Fever — cuya banda sonora catapultó a la banda estratosféricamente, y le aseguró un lugar en los anales del pop.

Cuando la multitud al unísono canturreaba la balada Words su creador, en el centro del escenario, se quedó mudo del asombro. «Simplemente no sabía que a la gente realmente le importaba tanto,» dice hoy, todavía aparentemente desconcertado por la adulación. «Y después de que hicimos To Love Somebody, y los aplausos que nunca se detenían — ese fue el mejor momento de mi vida sobre el escenario.»

Sin embargo, llamar a aquel momento ‘agridulce’ no es suficiente porque Gibb, ahora de 74 años, es el último de la famosa banda Bee Gees en pie, el único superviviente del trío de los trajes extravagantes, los hirsutos reyes de la música disco. Maurice murió en 2003, después de que las complicaciones de una operación le provocaran un infarto, y su hermano gemelo Robin en 2012, tras una larga lucha contra el cáncer. El menor de los Gibb, Andy — que actuaba principalmente como solista — murió en 1988 cinco días después de haber cumplido los 30, tras años de adicción a la cocaína. «Soy el mayor, así que probablemente debí haber sido yo el primero,» reflexiona Barry. «Supongo que es una forma de culpa. La culpa del superviviente.»

Si bien su discografía — que marcó un hito en la cultura popular occidental — está incrustada en mi alma, que siempre busca la pista de baile más cercana, aparecí en este mundo en 1977 al igual que Saturday Night Fever, así que nunca había pensado en los Gibb de esa manera. Barry es un año mayor que mi papá.

Sin embargo, ahora — y soy plenamente consciente del tiempo, mucho, que he pasado sola desde marzo, sumergiéndome en todo aquello que sea Bee Gee — me sorprende, por primera vez, lo auténticamente sexy que era el Barry de los años setenta. Sí, hieren la vista los pantalones estrechos, las camisas de raso abiertas hasta el ombligo, el pelo en pecho, los cardados y los medallones pero, sinceramente, igual le doy. Y la noticia de que se ha nominado a Bradley Cooper para interpretar a Barry de joven en una próxima película biográfica — hecha por los responsables de Bohemian Rhapsody — me parece un casting bastante perfecto. Incluso si el propio Gibb rechaza la sugerencia. “Estaría increíblemente conforme con eso, pero creo que tal vez se trata un poco de relaciones públicas inventadas por la industria,” objeta.

Hoy, hablando por Zoom desde el estudio de su casa en Miami, todavía luce una melena impresionante — aunque en estos días blanca y bajo un sombrero de paja — y una camisa con un llamativo estampado, abotonada de arriba abajo. Esperábamos que volara a Florida, pero se decidió que, con el fuerte aumento de las tasas de coronavirus y con ​​Gibb arriba de los setenta años, una reunión cara a cara podría no ser tan inteligente. Y no me gustaría ser la responsable de poner en peligro la salud del último Bee Gee.

Aún así, estoy decepcionada por no haber podido recorrer su mansión en Millionaire’s Row, al lado de Biscayne Bay — con vecinos como Jennifer Lopez y Alex Rodríguez.

Gibb y su esposa de 50 años, Linda, tienen cinco hijos y ocho nietos, todos los cuales viven cerca. Y, dado que la pandemia redujo los movimientos de todos, han pasado aún más tiempo juntos. “Eso es lo positivo. Ves mucho más a tu familia. No lo das todo por hecho.»

Durante un tiempo, después de haber perdido a sus hermanos, Gibb no tuvo prisa por interpretar los éxitos que habían creado juntos. «Robin quería que fuéramos los Bee Gees después de la muerte de Mo [Maurice] y no pude manejar eso,» dice. “Dije: ‘Podemos ser Barry y Robin, podemos ser Robin y Barry, pero no podemos ser los Bee Gees sin Mo’.” Y luego, después de la muerte del propio Robin, “no quise hacer nada por un tiempo. No tenía corazón. Simplemente no quería seguir adelante por mi cuenta.”

“No sabía hacia dónde iba. No sabía si quería tocar más ni hacer más discos,” dice. «Pasé al menos un año sin entender nada de eso — nada que tuviera que ver con la vida, nada que tuviera que ver con la pérdida de hermanos o familiares.»

Un día, dice, estaba acostado en el sofá cuando Linda le ordenó que saliera de su mal humor. “Me dijo: ‘¿Por qué no levantas el culo de ese sofá? Ya sabes lo que sabes hacer. Pues ve y hazlo. Deja de revolcarte por el suelo y de desconectarte de todo.» Volvió al estudio y escribió un álbum en solitario. In the Now fue lanzado en 2016.

Su último álbum, Greenfields, está lejos de ser un trabajo en solitario porque es una colección de temas de los Bee Gees, interpretados por Gibb y un grupo de grandes estrellas del country. «Amo el country, amo el bluegrass, y siempre ha habido un elemento de eso en nuestras canciones,» dice. Puede que los ritmos de discoteca setentera las hayan diluído pero muchas letras de los Bee Gees son forraje country perfecto, llenas de dolor y melancolía.

Grabado en Nashville, Greenfields incluye duetos con Keith Urban, Alison Krauss, Brandi Carlile y la propia reina del género, Dolly Parton, con arreglos de melodías y armonías para igualar su voz a la de los invitados. “Muchas de esas canciones no están en mi clave. Cuando tengo damas cantando conmigo, hay que adaptarse a sus tonalidades,” dice Gibb, galantemente, aunque su voz suena genial en las pistas — y el vibrato entrecortado todavía le funciona al completo.

¿Qué le parece alcanzar ese famoso falsete en estos días? «Ah, no es ningún problema,» me asegura. “No lo hago mucho en casa. Por el momento, tampoco lo hago mucho en ningún otro lugar. Pero todavía está ahí. Está descansando,” se ríe. «Si vuelvo a subir al escenario, lo soltaré.»

Y para cualquier impaciente que quiera oir ese falsete en todo su esplendor deslumbrante en este momento, también hay un nuevo documental. The Bee Gees: How Can You Can You Mend a Broken Heart («Los Bee Gees: Cómo reparar un corazón roto», que se emite en el canal Sky Documentaries) acierta con el título: son dos horas de llanto y dos cajas de pañuelos para secarlo. Lloré a mares. «Yo también,» sonríe Gibb. «Aunque solo vi el primer corte [de edición], hice mis comentarios y luego se lo dejé a las personas que saben cómo hacerlo.» No verá la versión final, en parte porque «no puedo ver a mis hermanos, que ya no están aquí. Simplemente no puedo. Me es imposible». También porque, «si hay algo negativo, me durará días. Soy bastante frágil».

El reconocimiento de la crítica nunca llegó con el éxito comercial de los Bee Gees; 19 sencillos en el Top Ten de Reino Unido y 5 primeros puestos nunca les convirtieron en cool. ¿Le molestaba eso entonces — le pregunto — y le molesta ahora?

“Cuando era joven me ofendía fácilmente,” dice. “Pero a medida que pasan los años, te endureces y no hay nada que te haga más fuerte que fallar. Hubo períodos de nuestra vida en que fuimos inaceptables, en que no nos pasaban en la radio. Así que cada vez que eso ocurría, no nos lo tomábamos como algo personal sino que simplemente volvíamos al trabajo. Tienes un éxito, estás encantado. Si tienes un fracaso, bueno, estás decepcionado, pero te vuelves más duro.»

También reconoce ahora que su música tiene algo que puede ser más valioso: longevidad. “Mi hija ha estado varias veces en su coche, ha puesto Stayin’ Alive en la radio, ha bajado las ventanillas y la gente ha bailado en la calle. Por alguna extraña razón, sigue siendo parte de la cultura. Así que voy a terminar estando orgulloso de ello,” dice. «No puedo pedir perdón por seis números uno seguidos [en las listas de éxito norteamericanas],» un récord que solo comparte con Paul McCartney y John Lennon.

Los hermanos Gibb y su hermana mayor, Lesley, nacieron en la Isla de Man y luego crecieron en Manchester. Su padre, Hugh, fue un baterista que nunca llegó a triunfar pero que llenaba la casa familiar con Bing Crosby y con los Mills Brothers, un cuarteto familiar que cantaba en armonías de cuatro partes, mientras que Lesley — dos años mayor que Barry — presentó el rock’n’roll a su familia través de los Everly Brothers, Tommy Steele y estrellas del skiffle como Lonnie Donegan.

Gibb recuerda haber estado parado en una calle de Manchester, a los ocho años, y decirle a sus hermanitos de cinco: quiero ser estrella del pop. “Robin y Maurice dijeron: ‘¿Y nosotros podemos también?’ Y yo dije: ‘Bueno, vamos a ser estrellas del pop juntos’.” (Su ambición nunca disminuyó. También se recuerda diciéndole a su primera novia, a los 14 años, que no terminara con él. «Le dije: ‘Bueno, te vas a arrepentir porque voy a ser famoso de verdad’,» recuerda riéndose.)

A los nueve. Barry recibió por Navidades una guitarra y los gemelos sus guitarras de juguete. “No tuvimos que aprender armonías; simplemente sucedió de manera orgánica,” dice Gibb. Comenzó a escribir canciones. «Empecé a enamorarme de la idea de crear una canción.»

Comenzaron a actuar — bajo el nombre de The Rattlesnakes [las serpientes de cascabel] — en el escenario de su cine local, en Chorlton. Fuera del escenario, sin embargo, se estaban metiendo en problemas con la ley, «montando líos todo el tiempo». Según Gibb, la policía aconsejó a sus padres que consideraran la posibilidad de emigrar para evitar que los niños se metieran en problemas. Esto parece una reacción exagerada para travesuras de adolescentes pero los Gibb terminaron mudándose a Australia, donde el trío pasó siete años tocando en hoteles y en las RSL provinciales (Liga de Servicios y Retornados, el equivalente australiano de los clubes de trabajadores). Fueron, dice Gibb, “mis años más felices de la niñez. Realmente nunca quise irme, pero no podríamos habernos internacionalizado como grupo si nos hubiéramos quedado. Y no íbamos a dejarnos disuadir.»

De vuelta en Gran Bretaña — para entonces el epicentro de la escena musical de los sesenta — Brian Epstein, el manager de los Beatles, los rechazó, pero su colega Robert Stigwood los fichó. Su segundo sencillo con él, To Love Somebody, desde que fuera versionado por Nina Simone, Janis Joplin, Rod Stewart, Michael Bolton y otros más, fue su gran éxito.

Pronto, los Bee Gees estaban viendo los frutos de su enfoque y su trabajo; Barry se compró un Rolls-Royce, un Bentley y un Lamborghini, y había alcohol, drogas y muchachas en abundancia. Todavía tenía solo 21 años, y Robin y Maurice solo 18.

“Siempre había cosas disponibles para uno. Dependía de uno decir que no y mantenerse limpio,” dice Gibb. «No se puede escribir grandes canciones si no se está limpio. Eso no funciona. La gente piensa que sí, pero en realidad no es así.» Pero ¿salía de fiesta? «No lo puedo negar,» se ríe.

Sin embargo, a diferencia de Maurice y Robin — que lucharon con la bebida y las anfetaminas respectivamente — y Andy, cuya adicción lo mató, Barry logró recuperarse.

«Si no hubiera tenido a Linda, habría seguido el mismo camino,» admite. «Todos fuimos presa de los mismos demonios.» Pero Linda «simplemente no lo permitía. Si traía algo a casa, lo tiraba por el váter.»

Con la fama recién descubierta llegó un nuevo conflicto, por el cual Gibb culpa en gran parte a la industria musical. “Tuvimos una gran cantidad de profesionales metiéndose en medio de nuestra familia, tomaban partido y creaban conflicto. Gente que te dice al oído que no necesitas a nadie más, que no necesitas a tus hermanos.»

Había tres egos fuertes en juego. “Todos queríamos ser una estrella en solitario,” dice. “Supongo que es parte de todos los grupos. Pero si son hermanos, van a tener problemas, porque todos los hermanos quieren estar al frente.»

Tampoco puedo dejar de preguntarme qué resentimiento había por parte de Maurice y Robin de que Barry fuera, con mucho, el más guapo (aunque las transformaciones de los gemelos a medida que avanzaron sus carreras habla del poder de los grandes dentistas, sin duda estadounidenses). Lamentablemente esta es una pregunta, después de la muerte de los hermanos, para la que nunca obtendré respuesta.

Después de casi dos años de no hablarse y perseguir brevemente carreras en solitario (con variopintos resultados), la banda se reunió en 1970 y, un año después, obtuvo su primer número 1 en Estados Unidos con How Can You Mend a Broken Heart. En 1973, sin embargo, estaban estancados. Las estaciones de radio ya no tocaban sus sinceras y sentimentales baladas.

«Pensamos que tal vez habíamos pasado nuestro momento. Todo el mundo tiene unos cinco años, si tienes suerte, y algunos solo tienen un golpe de esa suerte,» reflexiona Gibb. “Pero no estábamos listos para quedarnos ahí. Pensamos, ‘No, vamos a seguir adelante’.»

Sin embargo, para seguir adelante, necesitaban un nuevo sonido. Stigwood intervino y sugirió un cambio de escenario, una villa junto a la playa en Miami donde Eric Clapton había grabado recientemente su exitoso álbum 461 Ocean Boulevard. Allí escribieron el contagioso y absolutamente resbaladizo Jive Talkin’. Entregado estratégicamente en 1975 a las estaciones de radio en una funda blanca sin el nombre de la banda, el sencillo llegó al número 1 en los Estados Unidos, al número 5 en Reino Unido y — después de casi 5 años sin rumbo — los Bee Gees estaban de vuelta.

Un par de años más tarde, Stigwood les pidió que escribieran algunas canciones de muestra para una nueva película protagonizada por John Travolta, de la cual «ni siquiera habíamos visto un guión», dice Gibb. Grabaron cinco temas — Night Fever, If I Can’t Have You, More Than a Woman, How Deep Is Your Love y Stayin’ Alive — en poco más de un fin de semana.

El álbum doble de la banda sonora de Saturday Night Fever — que también contaba con temas de KC & The Sunshine Band y Kool & The Gang — pasaría 18 semanas en el número 1 en Reino Unido y se convertiría en la banda sonora más vendida de la historia, solo eclipsada por The Bodyguard [El guardaespaldas]. «Nos catapultó a otro nivel, de inmediato.»

La fama mundial masiva y desenfrenada es, dice, «divertidísima si eres joven. Y si aceptas toda la emoción, siempre te dicen lo maravilloso que eres. Eso realmente nunca nos afectó. Debido a que habíamos pasado por tantos altibajos, pensamos: ‘Oh, aquí vamos de nuevo’.” No confiaba en su enorme éxito, afirma. «Nunca lo hice, y nunca lo haré.»

Esto se siente un poco revisionista: ¿quién, dada la fiebre del sábado noche que definió aquella era, habría previsto que la suerte de los Bee Gees cambiaría una vez más, tan dramáticamente y tan pronto?

Su álbum de 1979 Spirits Have Flown fue otro gran éxito; sus tres primeras canciones — Tragedy, Too Much Heaven y Love You Inside Out — alcanzaron el número 1 en las lostas norteamericanas, lo que dio a la banda seis número uno consecutivos en poco más de un año. Escribieron los dos primeros en una tarde — junto a Shadow Dancing, cantado y lanzado por su hermano Andy — y también un número uno en Estados Unidos.

Pero, mientras la banda viajaba en aviones privados y tocaba en estadios abarrotados, la reacción se estaba acelerando. Sonar por todas partes del mundo ahora les jugaba en contra, y las estaciones de radio estadounidenses terminaron prometiendo ‘días sin música de los Bee Gees’. Mientras tanto, la música disco como género estaba sufriendo una muerte muy publicitada, que incluyó la voladura pública de discos en un evento que promovía la “demolición de la música disco” en Chicago.

Otra vez, Gibb cree que tuvo poco que ver con los Bee Gees. “Al final de cada década, los oyentes tienden a rechazar lo que sucedió en esa década y comienzan a querer lo que sucederá en la nueva década,” se encoge de hombros. “Entendimos [que] lo que estaba pasando ya había pasado antes. Realmente no nos molestó.»

En ese momento, ¿por qué no empacar bártulos y retirarse? No, claramente, ese no es el estilo Bee Gee.

Barbra Streisand intervino y le pidió a Gibb que escribiera y produjera su álbum Guilty, que incluye el sencillo Woman in Love. Ganaron un Grammy por la canción principal homónima. Pronto, los Bee Gees estaban nuevamente firmando éxitos para otros artistas en las listas de Top 100: Chain Reaction para Diana Ross; Heartbreaker para Dionne Warwick; Islands In The Stream para Kenny Rogers y Dolly Parton. Gibb es ahora oficialmente el segundo compositor más exitoso de la historia después de Sir Paul McCartney.

Qué maravillosamente subversiva ‘peineta’ para la industria que los rechazó, digo yo.

«Bueno, no puedo decir que lo pensé de esa manera,» dice Gibb con tranquilidad. “Pero sí convencí a Robin y Maurice de que deberíamos escribir para otras personas, para mostrarles a todos que somos compositores antes que nada. Uno no tiene que vivir solamente en una zona.»

Su éxito como compositores dio a la banda la confianza para volver a grabar, lanzando sencillos como For Whom the Bell Tolls. Invitaron a Andy a unirse a ellos, pero murió antes de que los Bee Gees pudieran convertirse en un cuarteto.

Barry había sido el más cercano a Andy. “A pesar de que yo era el mayor y Andy el más pequeño, gravitábamos uno alrededor del otro. Estaba en Inglaterra tratando de regresar, pero sus demonios se apoderaron de él,” dice Gibb. “Le dije: ‘Vuelve a Estados Unidos’. Pero ya era demasiado tarde. Sus últimas palabras para mí no fueron amistosas.»

Esto parece haber afectado a Gibb, quien ha dicho de los tres hermanos fallecidos que «lo único que lamento es que no fuéramos grandes amigos al final».

«Maurice se fue poco después, y no nos llevábamos muy bien. Robin y yo funcionamos musicalmente, pero nunca funcionamos de otra manera. Éramos hermanos pero no éramos realmente amigos.»

«Nunca encuentras la paz con eso,» agrega. Tocar su música le ayuda. «Siempre siento su presencia, pero más en el escenario que en cualquier otro momento.»

Y en estos días, el escenario también presenta a otros miembros de la familia: su hijo, Steve, que toca la guitarra en su banda, y la hija de Maurice, Samantha, que canta y ha estado de gira con ellos.

Dependiendo de la pandemia, le gustaría tocar Greenfields en directo, con las estrellas del country que lo grabaron con él. “Y me gustaría hacer un álbum de canciones de los Bee Gees que sea realmente sencillo, puramente acústico.»

«Hay diferentes formas de tratarla, pero toda esa música tiene que vivir y respirar,» dice. «Mi única misión real ahora es mantener viva esa música.»

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Greenfields: The Gibb Brothers Songbook Vol. 1 ya está disponible en discos EMI


Artículo de Jane Mulkerrins
Publicado en The Times el 
sábado, 9 de enero de 2021

Traducido al español por Alejandro Tellería-Torres

Enlace al artículo original en inglés: https://www.thetimes.co.uk/article/barry-gibb-interview-i-m-the-eldest-i-should-have-gone-first-i-have-survivor-s-guilt-7rk625lrr

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