Anthony Hopkins: ‘Actúa como si fracasar fuera imposible’

El actor, posando en el estudio de su casa de Malibu (California) con sus obras.
Foto: © Tara Arroyave

El actor más grande — y alguna vez el más rabioso — de su generación es ahora también pintor, compositor, escritor y héroe de Instagram. Cuenta la evolución de su estado de ánimo, ahora apacible

Cualquiera que haya venido siguiendo a Anthony Hopkins en Instagram últimamente habrá disfrutado de una vista privilegiada de sus muchas caras. Habrá visto a un Hopkins conmovedor tocando el piano para su gato Niblo en su residencia de Malibú y a un Hopkins gracioso haciendo el baile de Drake en TikTok, hablando con los acentos de Stallone y Schwarzenegger y llevando muchas camisas hawaianas silvestremente coloridas.

Pero quizás, sobre todo, habrá visto a un Hopkins inspirador y filosófico diciendo a la generación más joven que, a pesar de todo lo que sucede en este momento, pueden hacer realidad sus sueños (en julio publicó esto: “Felicitaciones a la promoción 2020 … Leí en alguna parte, no recuerdo si fue en el Antiguo Testamento o si fue un chamán, y el chamán dijo que había una sequía, el ganado se estaba muriendo, la gente se moría en el desierto y el chamán dijo: construyan acequias… caven las acequias y vendrá la lluvia”).

Han pasado muchas décadas desde que Hopkins — ahora de 82 años — se despojó de su piel de bebedor empedernido pero sigue siendo persona inescrutable, y el impredecible destello de peligro permanece en él. Ese peligro es lo que le ha definido como actor: nunca se sabe qué, o quién, será lo siguiente que veamos de él, ya sea que interprete al rey Lear en el escenario del National Theatre o que gane un Oscar por su interpretación del asesino en serie Hannibal Lecter en El silencio de los inocentes. En 1973 abandonó una producción de Macbeth a mitad de la temporada; dos años después tomó su última copa de alcohol. Se ha convertido en una de las estrellas más prolíficas de Hollywood, ganando cuatro nominaciones más al Oscar por Lo que queda del día, Nixon, Amistad y, este año, Los dos papas. Su historia podría haber sido la de un talento desperdiciado pero es una de recuperación. Y es, en definitiva, el viejo y sabio estadista con delicada voz del sur de Gales quien me habla desde Malibú, no el antihéroe de susurro siniestro o alarido ensordecedor.

Me saca todo el paquete motivacional completo. “En la publicación sobre la promoción 2020, estaba pensando en lo devastador que puede ser para toda una generación de jóvenes que comienzan y, de repente, se les va el profesor. Es decir, ¿qué pasaría? De ahí surgió mi idea, porque la historia de mi vida fue creer y visualizar un resultado fantástico. Actúo como si todo fuera posible. Actúo como si creyera que se hará realidad. Incluso si a veces, bueno, uno siempre tiene dudas, pero cuando surjan las dudas simplemente sigue adelante y créete que va a funcionar. Actúa como si fuera imposible fallar.”

En el pasado, ha dicho que no estaba seguro de aquello en lo que creía de un día para otro (“o Dios o Santa Claus o Campanilla [el hada de Peter Pan]”). Hoy, parece haber decidido que cualquier fuerza que haya, viene de adentro. “He sobrevivido todos estos años, a pesar de mis dudas y mi pasado, estoy constantemente sorprendido y creo que se debe a una especie de — estas son palabras poderosas — fe o convicción en algún tipo de energía que llevamos dentro. No soy psiquiatra, no soy filósofo, no soy nada de eso, pero… es algo que quizás aproveché cuando era pequeño. Y estoy seguro de que creo que puede suceder con los niños pequeños de hoy. Cree en ello, crea y visualízate en un futuro poderoso.”

Su preocupación por las nuevas generaciones ha resultado en un proyecto algo incongruente — esto es, para aquellos de nosotros que nunca le olvidaremos como el devorador de hígados Hannibal Lecter — pero, aún así, admirable. Está lanzando su marca Anthony Hopkins de velas y difusores perfumados, y una eau de parfum (inspirada en los aromas del campo de su infancia en Margam, cerca de Port Talbot, en el sur de Gales) para apoyar la campaña No Kid Hungry iniciada por la entidad benéfica Share Our Strength. “Habíamos estado trabajando en ello durante aproximadamente un año, luego el confinamiento cambió el curso de los acontecimientos y surgió esta idea sobre las inmensas dificultades que han afectado a las familias en todo el mundo, especialmente a los niños que no pueden regresar a la escuela. Es algo devastador lo que ha sucedido y todo lo que puedo hacer es ofrecer una visión positiva de que la gente puede superar esto.”

El empaque contará con pinturas del propio Hopkins porque — además de ser uno de los actores más prolíficos de Hollywood — es un artista de renombre, por no decir que también es un compositor cuyas piezas clásicas han sido grabadas e interpretadas en directo por la Orquesta Sinfónica de Birmingham. Puede que sea, como dijo Richard Attenborough, el mejor actor de su generación, pero resulta que pisar las tablas fue una idea que no llegó pronto a la mente del joven Hopkins.

La música fue su primer amor, y de niño improvisaba melodías en el piano. “Quería ser pianista,” dice, “y por pura casualidad y accidente me convertí en actor”. También le encantaba dibujar de niño, y jugó con la idea de convertirse en dibujante aunque no por mucho tiempo. “Conocí a un hombre que trabajaba en el correo que también era artista y dibujante, y me dijo: ‘Bueno, se necesita un gran talento’… así que abandoné esa idea.”

Tardó medio siglo en retomar sus pinturas, alentado por su tercera esposa, Stella Arroyave, luego de ver los garabatos que dibujaba en sus guiones cinematográficos. “[Ella] es una máquina,” dice. “Vio mis dibujos y dijo ‘tienes que pintar, simplemente hazlo’. Lo mismo con la música. Me escuchó tocar una pieza musical y dijo: ‘¿Qué es eso?’ Y yo dije: ‘No sé, es algo que inventé hace cientos de años’. Y ella dijo: ‘Bueno, deberías hacer algo con eso’. Así que lo orquesté y ella envió el manuscrito a André Rieu; él lo tocó, y comencé a componer más.”

Muchas de sus pinturas son inquietantes piezas expresionistas en las que los ojos aparecen grandes, mirando con fuego al estilo Hopkins desde las profundidades de los lienzos. Son un remolino de colores neón, la pintura untada como una pasta espesa. También hay paisajes, algunos al estilo Hopper; otros son más impresionistas. “No se me da bien recibir instrucciones, con lo cual no podía sentarme en una clase de arte a dibujar manzanas,” dice. “Al principio pensé: ‘No sé pintar’. Pero otra voz me dijo: ‘Bueno, inténtalo igualmente — nadie te va a meter en la cárcel si no funciona’.”

Una pintura, Ballet on the Moon, presenta una colección de animales, incluyendo un elefante rosa con coquetas pestañas, reunidos alrededor de la cabeza de un anciano — lo que quizá refiere a una excursión que hizo con su abuelo al circo de Port Talbot, en 1947. Es un momento en su vida que también se evoca en una de sus composiciones musicales, ya que su infancia obrera en Margam vuelve una y otra vez como inspiración de su obra. Creció siendo hijo único de un panadero. Su padre era un hombre sensato que le enseñó a mantener los pies en la tierra. Su madre animó su lado musical comprándole una pianola de pared de £5. Una de sus pinturas muestra a dos trabajadores siderúrgicos de Port Talbot que tienen la cabeza ovalada como las de Munch, caminando uno al lado del otro, mientras el contrapunto pastoral de ese paisaje industrial se evoca en una composición orquestal tiernamente nostálgica llamada simplemente Margam. “Soy consciente de mi pasado todos los días,” dice Hopkins. “Sueño que estoy allí la mayor parte del tiempo. Pasé un tiempo allí el año pasado, haciendo un documental sobre mi época en Gales, y contemplé la idea de tal vez regresar.”

Sería un largo viaje de regreso a un lugar donde, al menos en la escuela, no fue feliz; y localiza muchos de los problemas que le agobiaron cuando era joven en ese momento. “Cuando era niño, en la escuela no fui muy brillante,” dice. “Me consideraban bastante atrasado y, por supuesto, a la edad de la adolescencia me sentí muy enojado y confundido y no sabía qué camino tomar. No creía tener ninguna esperanza en absoluto. Y recuerdo que le dije a mi padre: ‘Un día te demostraré que sí’. Recuerdo que era Semana Santa de 1955 y se lo dije con tanta convicción a mi padre — que siempre me animó, por cierto. Se lo dije porque mis reportes escolares eran espantosos. ‘Un día’, le dije, ‘te lo demostraré’. Y recuerdo que a fines de ese año obtuve una beca para el Royal Welsh College of Music & Drama, y en 10 años sucedieron cosas extraordinarias en mi vida. Todavía hoy miro hacia atrás y me pregunto cómo sucedió todo esto. Creo que viene de ese momento importante.”

Por supuesto, hubo contratiempos en el camino. Cuenta la historia de un viaje desde Gales al teatro Old Vic de Londres para una audición en 1960, y el director le dijo: ‘Ah, bueno, tal vez algún día, pero no creo que lo obtengas [el papel] ahora’. Veinte años después, ese mismo director llegó al camerino de Hopkins cuando interpretaba a un monstruoso magnate de los periódicos — en la obra Pravda de David Hare — en el National Theatre, y tuvo que tragarse un pastel de humildad. “Entonces, así es,” dice alegremente Hopkins.

En 1965, Sir Laurence Olivier le invitó a unirse a la Compañía Nacional de Teatro. Joven y ambicioso, rápidamente se robó el centro de atención. En su autobiografía, Olivier recuerda haber tenido que entregar a Hopkins su papel de Edgar en La danza de la muerte de Strindberg, porque cayó con apendicitis: “Un nuevo actor joven de la compañía, excepcionalmente prometedor y de nombre Anthony Hopkins, me había estado estudiando y se quedó con mi papel de Edgar como un gato lleva a un ratón entre los dientes.”

Hopkins recuerda este período, así como su trabajo en Pravda en el National, como sus dos momentos más felices en el teatro. Pero la segunda mitad de los ochenta también marcó su canto de cisne como actor de teatro. Su última actuación de un Shakespeare fue en 1986, interpretando al rey Lear dirigido por Hare. Hollywood le estaba llamando. Peter Hall, entonces director del National, se lamentó: “Hicimos el último Shakespeare de Tony, y es una pena que lo dejara.”

¿Se arrepiente de haberse alejado del teatro? “Sentí que no podía componer mis papeles. No podía con la rutina. Es decir, no era una persona con habilidades sociales. Pensaba: ‘Todavía no encajo’. Entonces las circunstancias cambiaron, y vine a Estados Unidos a hacer El silencio de los inocentes y eso cambió un poco mi dirección y pensé: ‘Quizás deberías quedarte en esto’.”

¿Alguna vez volvería a los escenarios? “Trabajé con Ian McKellen hace cinco años en la película The Dresser. Le admiro a él, a Judi Dench y a todas esas personas que tienen esa tenacidad, ese impulso para subir al escenario. Yo, lamentablemente, desafortunadamente […] tal vez soy demasiado nervioso como para exponer esa parte de mí mismo. No creo que tenga ese poder de permanencia, no creo que tenga ese temple para ser repetitivo noche tras noche. No, no tengo ganas de volver. A menos que hubiera una oferta extraordinaria, y tendría que pensármelo dos veces.”

David Hare le dijo una vez a Hopkins que era la persona más malhumorada que había conocido. Y en un documental del [centro cultural] Southbank transmitido cuando él y Hopkins trabajaban en King Lear en 1986, Hopkins dijo: “[La rabia de Lear es] tan volcánica … lo parte en dos, lo deja de par en par … y yo tengo esa rabia”. ¿De dónde venía esa rabia interior, y cómo ha aprendido a dominarla?

“Creo que era solamente … volver a ese niño pequeño, sentirme inestable, sentirme un desadaptado … No era una rabia volcánica ni nada de ese tipo. Era solo una energía … Solo le llamaba energía, una energía de no encajar. No puedo perder el tiempo enfureciéndome todo el tiempo, porque la vida es demasiado corta y te va a matar. Así que he tenido suerte de haber sobrevivido todos estos años y, sí, he tenido dos vidas … a veces miro hacia atrás en mi vida hace 40 años y pienso, Dios mío, qué desastre era. No estoy orgulloso de mi pasado. Tampoco lo habría evitado, porque así fue para mí. Pero no estoy orgulloso de las cosas que hice. Causé un poco de daño. Un par de personas con las que trabajé acaban de morir, palmaron porque destruyeron sus propias vidas. No, yo también estaba en ese camino y pensé, ‘Gracias a Dios salí de él’. No soy evangelista ni predicador. Me alegro de haberme librado de esa pesadilla porque no era agradable. No era un tipo muy agradable, era un tipo bastante desagradable. Así que a lo largo de los años pensé ‘Cálmate, cálmate’. Tengo mucha suerte de estar aquí.”

El riesgo de contagiarse de Covid-19, dice, le supuso rechazar un papel en una película con Kenneth Branagh (“uno de mis actores favoritos”). Pero todavía está en lo más alto, después de ser nominado al Oscar al Mejor Actor de Reparto por Los dos papas, y su esposa le acaba de dirigir en una película que ella escribió, Elyse, donde interpreta a un psiquiatra que ayuda a una joven que ha tenido un colapso mental. También se estrenará en diciembre la película de la exitosa obra de teatro de Florian Zeller, El padre, en la que Hopkins es un hombre hundido en la demencia. Después del Festival de Cine de Sundance a principios de este año, Vanity Fair describió su trabajo como “una actuación imponente tan precisa y exigente como envolvente. Te recuerda porqué Hopkins disfruta del venerable estatus que ha tenido durante tanto tiempo”.

El propio Hopkins dice: “Es una de las mejores películas en las que he participado. Los últimos cinco años para mí han sido geniales; trabajar con Richard Eyre, Ian McKellen, Emma Thompson y luego ésta con Olivia Colman. Un momento bastante extraordinario.”

Y así continúa, preparándose minuciosamente para los papeles, pintando, tocando el piano, escribiendo un guión cinematográfico ambientado en Gales, montando un hogar para rescatar perros y gatos, y llevando con aplomo sus camisas hawaianas (son de una tienda de Hawaii llamada Jams World) — una compleja mezcla de viejo sabio y chico práctico de clase obrera de Port Talbot. “Sigue sonriendo, sigue riéndote; eso es todo lo que puedes hacer,” dice mientras nos despedimos.


Artículo de Tim Auld
Publicado en Financial Times el 
lunes, 21 de septiembre de 2020

Traducido al español por Alejandro Tellería-Torres

Enlace al artículo original en inglés: https://www.ft.com/content/7214ea00-a4b7-460a-8c29-e580e9d89d7f

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