Contagio y revolución: ¿qué podemos aprender de la ‘gripe española’ de 1918?

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Ciudadanos de Dublin (California), tomando precauciones para protegerse durante la ‘gripe española’ de 1918. Foto: Dublin Heritage Museum

 

Desde réplicas económicas hasta disturbios sociales, discriminación racial y desigualdad en el cuidado de la salud, Otto English predice que una pandemia transformará este siglo como otra transformó el siglo pasado

Una epidemia llega en medio de la agitación política mundial. Se pierden oportunidades y la escala de la crisis se malinterpreta. A medida que el virus se propaga algunos países lo gestionan mejor que otros. Las medidas de distanciamiento social se aplican y luego se ignoran. La tensión racial se derrama en violencia y se pierden y se hacen fortunas tanto económicas como políticas.

¿Suena familiar? Mientras navegamos por el doloroso derrotero del COVID-19, ¿qué podemos aprender de la pandemia de 1918-1920 y sus consecuencias sobre lo que sucederá después?

La segunda ola

En agosto de 1918, cuando la I Guerra Mundial aceleraba hacia su sangriento desenlace, un virus mortal atravesaba a los ejércitos aliados en el Frente Occidental. Esta fue la segunda ola de la erróneamente llamada “gripe española” que había ido y venido, casi imperceptiblemente, a principios de la primavera de ese mismo año.

Esta vez, no tuvo contemplaciones. Desde abril, el virus H1N1 había mutado en algo mucho más nocivo y, en las trincheras de Europa — donde las agotadas tropas tenían debilitado el sistema inmunológico y una aguda falta de saneamiento — encontró su caldo de cultivo perfecto. Pronto cayeron soldados ante el virus, cargado con toda la ferocidad asesina de una ametralladora.

La enfermedad apareció tan abruptamente y con tal salvajismo que, en la atmósfera supersticiosa de las trincheras, corrieron rumores de que se trataba de un arma química alemana secreta, confeccionada por cerebritos prusianos en sus laboratorios de Berlín.

A medida que aumentaba la tasa de infección, el Alto Mando Aliado se dio cuenta de que había que hacer algo y, por lo tanto, tomó la fatídica decisión de retirar a las tropas más enfermas de la línea del frente y mandarlas de regreso en tren. Esa elección indudablemente exacerbó la propagación de la enfermedad y, en cuestión de semanas, el virus arrasó Europa Occidental, incluso a través de las líneas enemigas.

Este desastre significó un desastre para el Ejército Imperial Alemán, y la gran cantidad de bajas adicionales que sufrió como consecuencia sin duda aceleró el final de la guerra. A principios de otoño, todo acabó y el 11 de noviembre de 1918 se declaró el Armisticio.

A medida que la enfermedad se expandía por el mundo a lo largo de 1918, muchos países tardaron en responder o apreciar la magnitud de la crisis. A las naciones neutrales les fue un poco mejor que a las beligerantes y por eso, al menos, reconocieron lo que estaba sucediendo. De esa forma España — que se apresuró a informar de la magnitud de la emergencia — fue culpada erróneamente de algo que no generó.

Aquellos lugares que actuaron de manera más rápida y agresiva se recuperaron mucho más rápidamente que aquellos que no lo hicieron, tanto económicamente como en términos de contención.

En muchos países, se introdujeron el distanciamiento social y otras medidas que nos son familiares en 2020. Pubs, teatros, escuelas e iglesias de Gran Bretaña estaban cerrados. Las bodas y funerales fueron cancelados. Los ataúdes, apilados. Se aconsejó a las personas que se quedaran en casa y se les dijo que usaran mascarillas de gasa si se aventuraban a salir; en Estados Unidos se llegó a imponer su uso como requisito legal para hacerlo.

A falta de memes y redes sociales, se escribió una rima estadounidense para enviar el mensaje: “Obey the laws and wear the gauze, protect your jaws from septic paws” [Obedece las leyes y usa la gasa, protege tu jeta de las pozas sépticas].

Algunos decidieron que preferirían arriesgarse con la enfermedad que tener que soportar la indignidad de los recubrimientos faciales. En San Francisco, en octubre de 1918, los libertarios establecieron una “liga anti-mascarillas” y comenzaron a protestar contra las medidas diseñadas para salvar sus vidas y detener la propagación.

Con millones contagiados, la enfermedad impactó todo.

Réplicas económicas y disturbios sociales

Las economías occidentales ya afectadas por el efecto devastador de la guerra comenzaron a tambalearse. En Estados Unidos muchas industrias, como la minería, la hostelería y el entretenimiento, simplemente se detuvieron. Hubo un cierto aumento salarial, pero esto terminó siendo un detalle significativamente menor comparado con el enorme coste económico y social de una pandemia que estaba causando muertes en todo el mundo.

Nadie fue inmune. En Gran Bretaña, el primer ministro David Lloyd-George fue víctima de la enfermedad durante un viaje a Manchester y fue hospitalizado. La severidad de su condición — que casi le costó la vida — fue silenciada por una prensa complaciente.

En Estados Unidos, un empresario nacido en Alemania llamado Frederick Trump contrajo el virus y murió. La fuerte póliza de seguro de vida de $4.000 sirvió posteriormente para sacar lustre a una fortuna familiar que un día terminaría en las manos de su nieto Donald.

La mortalidad fue mayor entre los pobres. Las comunidades minoritarias negras y étnicas en los Estados Unidos sufrieron tasas de mortalidad significativamente más altas que sus compatriotas blancos.

Desde 1900, muchos estadounidenses negros se habían mudado del sur para escapar de las leyes racistas de Jim Crow, pero ciudades como Nueva York seguían siendo segregacionistas e institucionalmente racistas. Incluso antes del golpe de la pandemia, los afroamericanos estaban acosados ​​por barreras de oportunidades, atención médica y educación aparentemente insuperables. La falta casi completa de recursos de sanidad pública disponibles significaba que aquellos que enfermaron tuvieron mucho más probabilidades de morir.

Así las cosas, la discriminación persistió. En Baltimore, los trabajadores de saneamiento blancos se negaban a cavar tumbas para las víctimas negras de la pandemia. 350.000 soldados afroamericanos habían luchado en la fuerza expedicionaria de los Estados Unidos en la I Guerra Mundial, para volver a una nación que había borrado su contribución de la prensa, libros de texto y cualquier muestra pública de gratitud. Simplemente se esperaba que los exmilitares negros volvieran a hacer fila y reconocieran su lugar en la sociedad. Sin embargo, a medida que su comunidad sufría desproporcionadamente, muchos soldados negros habían tenido suficiente y comenzaron a levantar sus voces de descontento.

Cuando la tercera ola pasó a principios del verano de julio de 1919 Eugene Williams, un chico de 17 años, decidió nadar en el lago Michigan con sus amigos. Remando una pequeña balsa, sin darse cuenta, se metió en el área “solo para blancos” del lugar, con lo cual un hombre blanco en la orilla comenzó a arrojarle piedras. El niño fue golpeado o entró en pánico, fue arrastrado por el agua y se ahogó.

A medida que los espectadores en la costa vecina intentaban que un policía arrestara al culpable, las cosas se intensificaron. En vez del arresto, uno de los que protestaron ante el oficial fue apresado por violación del orden y encerrado, mientras que el hombre blanco salió libre. La ira justificada se extendió por la comunidad negra y pronto la gente salió a las calles.

En el primer día de manifestaciones, 27 manifestantes fueron golpeados violentamente, siete apuñalados y cuatro recibieron disparos. En las siguientes semanas de violencia, cientos más fueron atacados y asesinados, siendo la gran mayoría de las víctimas hombres negros.

Este fue solo uno de los muchos incidentes en el notorio y frenético verano rojo de 1919 — tres meses en los que se vio al menos a 43 afroamericanos linchados y hasta mil personas asesinadas.

Fue solo cuando la violencia llegó a Washington, D.C. que el presidente Woodrow Wilson — recuperándose del virus — trató de “restablecer el orden”.

Desigualdades raciales y sanitarias

El desafortunado apartheid estadounidense no fue un fenómeno nuevo, por supuesto, y los disturbios no fueron reportados directamente debido a la pandemia. Pero las desigualdades en el cuidado de la salud y el saneamiento que el virus había dejado al descubierto, y el enorme número de muertes que sufrió la comunidad negra estadounidense como resultado, sin duda jugaron un papel en las manifestaciones y las represalias de violencia de los blancos en 1919. Esos eventos generaron directamente la formación del Movimiento de Derechos Civiles.

Sin embargo, no fue solo en Estados Unidos que el virus provocó un cambio social.

En la India — donde los gobernantes británicos habían fallado constantemente en la implementación de servicios básicos de salud pública o saneamiento adecuados — fallecieron al menos 15 millones de personas. A medida que aumentaban las muertes, el Teniente Gobernador ignoró el recuento de cadáveres y, en cambio, se jactó en su correspondencia oficial de que había “alcanzado doscientos disparos en lo que va de la temporada”.

India había perdido unos 75.000 soldados en la I Guerra Mundial y ahora sufría los peores excesos de la pandemia. Cuando se impuso la mano dura de la Ley Rowlatt para tratar de detener la creciente ola de disidencia, el hecho precipitó una agitación política masiva que terminó en la sangrienta masacre en Amritsar el 13 de abril de 1919, un hecho que indudablemente cambió el curso de la historia del país.

Para la primavera de 1920, ya habían pasado los peores estragos de la pandemia. Había matado a más del doble de personas que la Gran Guerra pero — como se había cobrado desproporcionadamente más vidas de pobres y desposeídos — fue rápidamente olvidada.

A diferencia de las luchas de guerra y revolución, no había ningún glamour en el virus. Los medios no estaban interesados, no se escribió poesía, no se hicieron películas, no se compusieron conciertos para violonchelo, no se colocaron vidrieras en capillas conmemorativas.

La niebla del final de la I Guerra Mundial y la confluencia de los hechos de la pandemia significaron que muchos de los que habían caído con la enfermedad fueran contados como víctimas de guerra, y la diferencia entre los dos hechos era borrosa.

Sin embargo, recordada o no, una vez que terminó, los efectos posteriores de la pandemia resonaron en todo el siglo pasado.

Los hedonistas Roaring Twenties — o ‘los locos años veinte’, caracterizados por un espíritu de vivir el momento porque no importa nada (para aquellos que podían permitírselo), fue ciertamente una reacción a la cabalgata de la muerte que había ocurrido en la década antes de la guerra y de la pandemia.

La pérdida de vidas casi inimaginable de ambos hechos traumatizó a una generación y provocó un clamor creciente por una mejor sanidad pública y, finalmente, la creación de sistemas universales de salud.

A pesar de esto, quizás el legado más duradero del virus fue el fuego que encendió.

En India, los británicos no habían podido proteger a la población y millones habían muerto. Su autoridad moral se había perdido, y con ello la supuesta justificación de su presencia en el país. En Estados Unidos, el Movimiento de Derechos Civiles se había despertado. En todo el mundo, gran parte del viejo orden se estaba desmoronando y se había instalado un nuevo fatalismo obsesionado con la muerte y la agonía.

Dando forma al siglo

Nuestro futuro inmediato no está escrito, pero una cosa es segura: estos meses darán forma a la próxima década, si no al siglo.

El COVID-19 se ha cobrado vidas, ha sacudido certezas, ha destruido economías y ha dejado a millones de personas sin empleo. Todo eso resonará en los próximos años.

Más que eso, el virus ha expuesto una crisis en la atención y la injusticia de las dificultades de los sistemas de salud que han sufrido un número desproporcionado de muertes en comunidades minoritarias negras y étnicas. En Gran Bretaña, Brasil y Estados Unidos, líderes populistas de mano dura han derribado el telón y se ha revelado su ineptitud. La muerte de George Floyd y las protestas de Black Lives Matter tendrán consecuencias en el largo plazo. El derribo de estatuas, el desafío a las ortodoxias y las demandas de igualdad y cambio se sienten como una revolución.

A diferencia de la “gripe española”, el COVID-19 no caerá en el olvido a corto plazo. No hay una Gran Guerra que la eclipse. Esta es una tragedia colectiva compartida y ninguno de nosotros ha quedado intacto. Ha demostrado que nuestra seguridad y salud nunca pueden darse por hechas, y que las promesas vacías de mequetrefes populistas no significan nada cuando una pandemia colapsa los cementerios.

Desafortunadamente, si el siglo XX nos ha enseñado algo, es que en el caldo de cultivo del miedo y la incertidumbre siempre habrán fuerzas malignas que buscarán aprovecharse y promover su propia agenda. A medida que avancemos hacia la luz, debemos esforzarnos por no repetir los errores del pasado.


 

Artículo original de Otto English

Publicado por Byline Times el viernes, 12 de junio de 2020

Traducción al español de Alejandro Tellería-Torres

Enlace al artículo original (en inglés): https://bylinetimes.com/2020/06/12/infection-revolution-what-can-we-learn-from-the-1918-spanish-flu/

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