
Desde réplicas económicas hasta disturbios sociales, discriminación racial y desigualdad en el cuidado de la salud, Otto English predice que una pandemia transformarÔ este siglo como otra transformó el siglo pasado
Una epidemia llega en medio de la agitación polĆtica mundial. Se pierden oportunidades y la escala de la crisis se malinterpreta. A medida que el virus se propaga algunos paĆses lo gestionan mejor que otros. Las medidas de distanciamiento social se aplican y luego se ignoran. La tensión racial se derrama en violencia y se pierden y se hacen fortunas tanto económicas como polĆticas.
¿Suena familiar? Mientras navegamos por el doloroso derrotero del COVID-19, ¿qué podemos aprender de la pandemia de 1918-1920 y sus consecuencias sobre lo que sucederÔ después?
La segunda ola
En agosto de 1918, cuando la I Guerra Mundial aceleraba hacia su sangriento desenlace, un virus mortal atravesaba a los ejĆ©rcitos aliados en el Frente Occidental. Esta fue la segunda ola de la erróneamente llamada Ā«gripe espaƱolaĀ» que habĆa ido y venido, casi imperceptiblemente, a principios de la primavera de ese mismo aƱo.
Esta vez, no tuvo contemplaciones. Desde abril, el virus H1N1 habĆa mutado en algo mucho mĆ”s nocivo y, en las trincheras de Europa ā donde lasĀ agotadasĀ tropas tenĆan debilitado el sistema inmunológico y una aguda falta de saneamiento ā encontró su caldo de cultivo perfecto. Pronto cayeron soldados ante el virus, cargado con toda la ferocidad asesina de una ametralladora.
La enfermedad apareció tan abruptamente y con tal salvajismo que, en la atmósfera supersticiosa de las trincheras, corrieron rumores de que se trataba de un arma quĆmica alemana secreta, confeccionada por cerebritos prusianos en sus laboratorios de BerlĆn.
A medida que aumentaba la tasa de infección, el Alto Mando Aliado se dio cuenta de que habĆa que hacer algo y, por lo tanto, tomó la fatĆdica decisión de retirar a las tropas mĆ”s enfermas de la lĆnea del frente y mandarlas de regreso en tren. Esa elección indudablemente exacerbó la propagación de la enfermedad y, en cuestión de semanas, el virus arrasó Europa Occidental, incluso a travĆ©s de las lĆneas enemigas.
Este desastre significó un desastre para el Ejército Imperial AlemÔn, y la gran cantidad de bajas adicionales que sufrió como consecuencia sin duda aceleró el final de la guerra. A principios de otoño, todo acabó y el 11 de noviembre de 1918 se declaró el Armisticio.
A medida que la enfermedad se expandĆa por el mundo a lo largo de 1918, muchos paĆses tardaron en responder o apreciar la magnitud de la crisis. A las naciones neutrales les fue un poco mejor que a las beligerantes y por eso, al menos, reconocieron lo que estaba sucediendo. De esa forma EspaƱa ā que se apresuró a informar de la magnitud de la emergencia ā fue culpada erróneamente de algo que no generó.
Aquellos lugares que actuaron de manera mÔs rÔpida y agresiva se recuperaron mucho mÔs rÔpidamente que aquellos que no lo hicieron, tanto económicamente como en términos de contención.
En muchos paĆses, se introdujeron el distanciamiento social y otras medidas que nos son familiares en 2020. Pubs, teatros, escuelas e iglesias de Gran BretaƱa estaban cerrados. Las bodas y funerales fueron cancelados. Los ataĆŗdes, apilados. Se aconsejó a las personas que se quedaran en casa y se les dijo que usaran mascarillas de gasa si se aventuraban a salir; en Estados Unidos se llegó a imponer su uso como requisito legal para hacerlo.
A falta de memes y redes sociales, se escribió una rima estadounidense para enviar el mensaje: āObey the laws and wear the gauze, protect your jaws from septic pawsā [Obedece las leyes y usa la gasa, protege tu jeta de las pozas sĆ©pticas].
Algunos decidieron que preferirĆan arriesgarse con la enfermedad que tener que soportar la indignidad de los recubrimientos faciales. En San Francisco, en octubre de 1918, los libertarios establecieron una Ā«liga anti-mascarillasĀ» y comenzaron a protestar contra las medidas diseƱadas para salvar sus vidas y detener la propagación.
Con millones contagiados, la enfermedad impactó todo.
Réplicas económicas y disturbios sociales
Las economĆas occidentales ya afectadas por el efecto devastador de la guerra comenzaron a tambalearse. En Estados Unidos muchas industrias, como la minerĆa, la hostelerĆa y el entretenimiento, simplemente se detuvieron. Hubo un cierto aumento salarial, pero esto terminó siendo un detalle significativamente menor comparado con el enorme coste económico y social de una pandemia que estaba causando muertes en todo el mundo.
Nadie fue inmune. En Gran BretaƱa, el primer ministro David Lloyd-George fue vĆctima de la enfermedad durante un viaje a Manchester y fue hospitalizado. La severidad de su condición ā que casi le costó la vida ā fue silenciada por una prensa complaciente.
En Estados Unidos, un empresario nacido en Alemania llamado Frederick Trump contrajo el virus y murió. La fuerte póliza de seguro de vida de $4.000 sirvió posteriormente para sacar lustre a una fortuna familiar que un dĆa terminarĆa en las manos de su nieto Donald.
La mortalidad fue mayor entre los pobres. Las comunidades minoritarias negras y Ʃtnicas en los Estados Unidos sufrieron tasas de mortalidad significativamente mƔs altas que sus compatriotas blancos.
Desde 1900, muchos estadounidenses negros se habĆan mudado del sur para escapar de las leyes racistas de Jim Crow, pero ciudades como Nueva York seguĆan siendo segregacionistas e institucionalmente racistas. Incluso antes del golpe de la pandemia, los afroamericanos estaban acosados āāpor barreras de oportunidades, atención mĆ©dica y educación aparentemente insuperables. La falta casi completa de recursos de sanidad pĆŗblica disponibles significaba que aquellos que enfermaron tuvieron mucho mĆ”s probabilidades de morir.
AsĆ las cosas, la discriminación persistió. En Baltimore, los trabajadores de saneamiento blancos se negaban a cavar tumbas para las vĆctimas negras de la pandemia. 350.000 soldados afroamericanos habĆan luchado en la fuerza expedicionaria de los Estados Unidos en la I Guerra Mundial, para volver a una nación que habĆa borrado su contribución de la prensa, libros de texto y cualquier muestra pĆŗblica de gratitud. Simplemente se esperaba que los exmilitares negros volvieran a hacer fila y reconocieran su lugar en la sociedad. Sin embargo, a medida que su comunidad sufrĆa desproporcionadamente, muchos soldados negros habĆan tenido suficiente y comenzaron a levantar sus voces de descontento.
Cuando la tercera ola pasó a principios del verano de julio de 1919 Eugene Williams, un chico de 17 años, decidió nadar en el lago Michigan con sus amigos. Remando una pequeña balsa, sin darse cuenta, se metió en el Ôrea «solo para blancos» del lugar, con lo cual un hombre blanco en la orilla comenzó a arrojarle piedras. El niño fue golpeado o entró en pÔnico, fue arrastrado por el agua y se ahogó.
A medida que los espectadores en la costa vecina intentaban que un policĆa arrestara al culpable, las cosas se intensificaron. En vez del arresto, uno de los que protestaron ante el oficial fue apresado por violación del orden y encerrado, mientras que el hombre blanco salió libre. La ira justificada se extendió por la comunidad negra y pronto la gente salió a las calles.
En el primer dĆa de manifestaciones, 27 manifestantes fueron golpeados violentamente, siete apuƱalados y cuatro recibieron disparos. En las siguientes semanas de violencia, cientos mĆ”s fueron atacados y asesinados, siendo la gran mayorĆa de las vĆctimas hombres negros.
Este fue solo uno de los muchos incidentes en el notorio y frenĆ©tico verano rojo de 1919 ā tres meses en los que se vio al menos a 43 afroamericanos linchados y hasta mil personas asesinadas.
Fue solo cuando la violencia llegó a Washington, D.C. que el presidente Woodrow Wilson ā recuperĆ”ndose del virus ā trató de Ā«restablecer el ordenĀ».
Desigualdades raciales y sanitarias
El desafortunado apartheid estadounidense no fue un fenómeno nuevo, por supuesto, y los disturbios no fueron reportados directamente debido a la pandemia. Pero las desigualdades en el cuidado de la salud y el saneamiento que el virus habĆa dejado al descubierto, y el enorme nĆŗmero de muertes que sufrió la comunidad negra estadounidense como resultado, sin duda jugaron un papel en las manifestaciones y las represalias de violencia de los blancos en 1919. Esos eventos generaron directamente la formación del Movimiento de Derechos Civiles.
Sin embargo, no fue solo en Estados Unidos que el virus provocó un cambio social.
En la India ā donde los gobernantes britĆ”nicos habĆan fallado constantemente en la implementación de servicios bĆ”sicos de salud pĆŗblica o saneamiento adecuados ā fallecieron al menos 15 millones de personas. A medida que aumentaban las muertes, el Teniente Gobernador ignoró el recuento de cadĆ”veres y, en cambio, se jactó en su correspondencia oficial de que habĆa Ā«alcanzado doscientos disparos en lo que va de la temporadaĀ».
India habĆa perdido unos 75.000 soldados en la I Guerra Mundial y ahora sufrĆa los peores excesos de la pandemia. Cuando se impuso la mano dura de la Ley Rowlatt para tratar de detener la creciente ola de disidencia, el hecho precipitó una agitación polĆtica masiva que terminó en la sangrienta masacre en Amritsar el 13 de abril de 1919, un hecho que indudablemente cambió el curso de la historia del paĆs.
Para la primavera de 1920, ya habĆan pasado los peores estragos de la pandemia. HabĆa matado a mĆ”s del doble de personas que la Gran Guerra pero ā como se habĆa cobrado desproporcionadamente mĆ”s vidas de pobres y desposeĆdos ā fue rĆ”pidamente olvidada.
A diferencia de las luchas de guerra y revolución, no habĆa ningĆŗn glamour en el virus. Los medios no estaban interesados, no se escribió poesĆa, no se hicieron pelĆculas, no se compusieron conciertos para violonchelo, no se colocaron vidrieras en capillas conmemorativas.
La niebla del final de la I Guerra Mundial y la confluencia de los hechos de la pandemia significaron que muchos de los que habĆan caĆdo con la enfermedad fueran contados como vĆctimas de guerra, y la diferencia entre los dos hechos era borrosa.
Sin embargo, recordada o no, una vez que terminó, los efectos posteriores de la pandemia resonaron en todo el siglo pasado.
Los hedonistas Roaring Twenties ā o ‘los locos aƱos veinte’, caracterizados por un espĆritu de vivir el momento porque no importa nada (para aquellos que podĆan permitĆrselo), fue ciertamente una reacción a la cabalgata de la muerte que habĆa ocurrido en la dĆ©cada antes de la guerra y de la pandemia.
La pérdida de vidas casi inimaginable de ambos hechos traumatizó a una generación y provocó un clamor creciente por una mejor sanidad pública y, finalmente, la creación de sistemas universales de salud.
A pesar de esto, quizÔs el legado mÔs duradero del virus fue el fuego que encendió.
En India, los britĆ”nicos no habĆan podido proteger a la población y millones habĆan muerto. Su autoridad moral se habĆa perdido,Ā y con ello la supuesta justificación de su presencia en el paĆs. En Estados Unidos, el Movimiento de Derechos Civiles se habĆa despertado. En todo el mundo, gran parte del viejo orden se estaba desmoronando yĀ se habĆa instaladoĀ un nuevo fatalismo obsesionado con la muerte y la agonĆa.
Dando forma al siglo
Nuestro futuro inmediato no estÔ escrito, pero una cosa es segura: estos meses darÔn forma a la próxima década, si no al siglo.
El COVID-19 se ha cobrado vidas, ha sacudido certezas, ha destruido economĆas y ha dejado a millones de personas sin empleo. Todo eso resonarĆ” en los próximos aƱos.
MĆ”s que eso, el virus ha expuesto una crisis en la atención y la injusticia de las dificultades de los sistemas de salud que han sufrido un nĆŗmero desproporcionado de muertes en comunidades minoritarias negras y Ć©tnicas. En Gran BretaƱa, Brasil y Estados Unidos, lĆderes populistas de mano dura han derribado el telón y se ha revelado su ineptitud. La muerte de George Floyd y las protestas de Black Lives Matter tendrĆ”n consecuencias en el largo plazo. El derribo de estatuas, el desafĆo a las ortodoxias y las demandas de igualdad y cambio se sienten como una revolución.
A diferencia de la Ā«gripe espaƱolaĀ», el COVID-19 no caerĆ” en el olvido a corto plazo. No hay una Gran Guerra que la eclipse. Esta es una tragedia colectiva compartida y ninguno de nosotros ha quedado intacto. Ha demostrado que nuestra seguridad y salud nunca pueden darse por hechas, y que las promesas vacĆas de mequetrefes populistas no significan nada cuando una pandemia colapsa los cementerios.
Desafortunadamente, si el siglo XX nos ha enseƱado algo, es que en el caldo de cultivo del miedo y la incertidumbre siempre habrƔn fuerzas malignas que buscarƔn aprovecharse y promover su propia agenda. A medida que avancemos hacia la luz, debemos esforzarnos por no repetir los errores del pasado.
ArtĆculo original de Otto English
Publicado por Byline Times el viernes, 12 de junio de 2020
Traducción al espaƱol de Alejandro TellerĆa-Torres
Enlace al artĆculo original (en inglĆ©s): https://bylinetimes.com/2020/06/12/infection-revolution-what-can-we-learn-from-the-1918-spanish-flu/
