Familia real británica debe reducir su tamaño si quiere sobrevivir

Ilustración: © Jonathan McHugh 2021

Saga de Meghan y Harry pudo haberse evitado si The Firm hubiera seguido a otras monarquías europeas

Meghan Markle no es la primera persona en llamar a la familia real británica The Firm [“La Firma”, el término que utilizó en su explosiva entrevista con Oprah Winfrey]. El rey Jorge VI, presuntamente, acuñó la frase mucho antes de que John Grisham escribiera su thriller homónimo sobre una empresa de la mafia que se aprovechaba de una joven e inocente pareja. En La Firma de la vida real el contrato es de por vida, y la promoción de la familia en general como marca es una “trampa”, como dijo el Príncipe Harry a Oprah.

Por infantil que parezca, la saga del relevamiento de los deberes reales de ambos — conocida como Megxit — se está convirtiendo en un juego de alto riesgo. La destrucción de la Casa de Windsor amenaza esa parte del poder mediático británico que se beneficia del polvo que dejan las estrellas reales a cada paso. Si se duda de que la reina pueda influir en la inversión y el comercio, hay que recordar que se estima que 23 millones de personas vieron la boda del Príncipe William en 2011. Mis amigos estadounidenses están contándose una historia protagonizada por británicos malhumorados y sin corazón. Reino Unido está dividido entre quienes apoyan a Meghan por hablar en contra del racismo y quienes están horrorizados por la autocompasión de la pareja sobre su “travesía” por la realeza.

Toda la saga podría haberse evitado si la familia real británica no se hubiera embarcado en una travesía diferente a la de la mayoría de las otras monarquías europeas. Españoles, suecos, daneses y holandeses han reducido el tamaño de sus cortes, y la mayoría de sus hijos ahora realizan trabajos normales fuera de la vista del público. En cambio, la realeza británica se puso sobre los hombros una marca que trata no solo a la monarca, sino también a sus parientes, como un objeto de continua fascinación y celebridad. Meghan y Harry, en tanto estrellas con alcance global, son la consecuencia lógica de esa política, y ahora son víctimas de ella.

Retrocedamos hasta junio de 1969 en que se emitió un documental de la BBC, Royal Family [“La Familia Real”], que fue visto por más de 30 millones de personas. Esto marcó el comienzo de los intentos de modernizar una monarquía que había llegado a parecer distante y costosa desde la abdicación de Eduardo VIII en 1935. El productor de televisión Lord Brabourne, yerno de Lord Mountbatten, sugirió usar el medio televisivo para humanizar a la reina y a sus hijos mostrándolos comiendo helados, jugando con sus cachorros y viendo juntos la televisión de una manera bastante rara.

El efecto fue convertir a toda la familia de lo que era, un distante grupo de aristócratas que saludaban desde balcones, en un conjunto de celebridades modernas, seguidas a todas partes por cámaras que, en última instancia, no iban a poder ser controladas. La princesa Ana, la hija de la reina, calificó el espectáculo como “una pésima idea”. David Attenborough, a la sazón realizador en la cadena BBC2, supuestamente advirtió que la película estaba “matando a la monarquía… toda la institución depende de la mística”.

Luego de eso, los medios presentaron las cosas de una manera menos optimista. En 1995, la Princesa Diana describió sensacionalmente su bulimia como un “mecanismo de escape” y explicó a la BBC su “dolor interior”. Un año después Sarah Ferguson, la duquesa de York, se sentó con Oprah y dijo que la vida real “no era un cuento de hadas” y que ella y la Princesa Diana eran “como ríos… porque siempre queremos doblar en la siguiente esquina, tenemos hambre de vivir”. En 2019 el príncipe Andrés, exmarido de Sarah, hizo una asombrosa entrevista con Emily Maitlis en la que admitió que años antes había pasado varias noches en la casa del difunto delincuente sexual Jeffrey Epstein. Todo en glorioso technicolor.

Meghan y Harry son los últimos miembros de la realeza en el centro de atención. Son más expertos en el manejo de los medios, pero sufren esencialmente el mismo problema que el duque y la duquesa de York: tienen un brillo dorado que no tiene propósito — que no se sustenta en nada.

Es poco probable que Harry llegue a ser rey. Claramente quedó traumatizado por la pérdida de su madre a temprana edad y siempre ha culpado a los tabloides por haberla perseguido. Su odio por los paparazzi [fotógrafos a sueldo] es comprensible, incluso si choca con su deseo actual de buscar notoriedad. Sus momentos más felices parecen haber sido sus 10 años en el ejército. “Me es muy fácil olvidar quién soy cuando estoy en el ejército,” dijo Harry en ese momento. “Todos usan el mismo uniforme y hacen el mismo tipo de cosas.”

Esas dos sentidas frases explican tanto la intensa frustración de Harry con su vida en Gran Bretaña como su evidente malestar en la entrevista de Oprah. Si la realeza británica hubiera seguido a sus homólogos europeos, Andrés podría haber seguido siendo oficial de la Armada y Harry piloto. Meghan no se habría sentido infinita y permanentemente comparada con la duquesa de Cambridge, ni hubiera tenido que luchar con los ahora famosos cortesanos anónimos cuya presencia cobra importancia en la entrevista de Oprah. La Firma, dice, antepuso el protocolo a su salud mental y conspiró para negarle un título a su hijo — aunque Archie solo es conde, y será príncipe si Carlos se convierte en rey.

Acabar con La Firma es un objetivo más fácil que hacer lo propio con la reina, que sigue siendo popular y ha retenido una razón de ser mística, sobre todo al evitar todo “exceso de participación”. La Firma no es algo en lo que uno pueda estar con un pie dentro y otro fuera, como saben ahora los Sussex. Pero dado que el precio de las acciones parece muy volátil, La Firma también debe hacer lo que cualquier empresa haría al enfrentar un punto de quiebre: adaptarse para sobrevivir. Es hora de reducir el número de miembros de la realeza que trabajan, y de liberar a los demás. La hija de la princesa Ana, Zara Tindall, es una destacada jinete cuya madre rechazó su título de “princesa”. Uno se puede encontrar con ella — como con la mayoría de los miembros de la realeza europea — sin reverencia ni adulación, y uno tiene la impresión de que es un gran alivio.

Tal movimiento sería de sentido común, no de capitulación. El show de Harry y Meghan no ha terminado; su futuro en Hollywood depende de que tengan audiencia. Sin embargo, convertidos solo en el señor y la señora Sussex, La Firma podrá asegurarse de que no haya más niños atrapados en legados trágicos.

La autora ha sido jefa de la unidad de políticas de Downing Street [la oficina del Primer Ministro británico] y es profesora visitante de Harvard.



Artículo de Camilla Cavendish
Publicado en Financial Times el 
viernes, 12 de marzo de 2021

Traducido al español por Alejandro Tellería-Torres

Enlace al artículo original en inglés: https://www.ft.com/content/d23a3cfe-a9f5-4f66-a136-6dae16c147d4

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s