Príncipe Felipe: obituario

Crédito: University of Salford Press OfficeCC BY 2.0

Consorte de mayor edad de una monarca británica, el duque de Edimburgo era para la reina “su fuerza y ​​permanencia”

El príncipe Felipe, duque de Edimburgo, fallecido hoy a los 99 años de edad, fue marido de la reina Isabel II durante 73 años. Fue el consorte real con más años de servicio en la historia británica, el patriarca de la familia y una figura muy conocida en la vida pública durante dos tercios de siglo hasta su desaparición final de la vida pública en 2019.

Se trata de una etapa maratónica en la que Felipe se había embarcado originalmente con resignación, convencido de que una vida de caminar varios pasos por detrás de su esposa, refrenar sus opiniones — aunque no siempre su lengua — y ser un apéndice de la institución sin siquiera poder transmitir su apellido a sus hijos, le convertiría en “nada más que una maldita ameba”.

Las cosas no le salieron tan mal. Aportó un estilo relajado, en su mayoría afable, picante, franco y ocasionalmente brusco a una monarquía ceremoniosa que sin él habría sido más reservada, introvertida, insípida y decididamente sofocante. Introdujo el aire fresco que tanto necesitaba la familia real pero, si bien su longevidad le aseguró convertirse en una parte integral de la firma familiar, es evidente que nunca olvidó su estado inicial de insolvente, extranjero y forastero dentro de la institución.

Su fiel apoyo a su esposa y su participación en visitas públicas, ceremonias y viajes al extranjero continuaron hasta bien entrado en la ancianidad. En 2011 dijo en una entrevista televisiva que se estaba calmando, pero no fue hasta 2017 que completó su compromiso público final y fue solo en enero de 2019 — cuando dejó de conducir después de causar un accidente automovilístico cerca de la finca de Sandringham — que desapareció de la vista de los medios. Volvió a ser el centro de atención en febrero de 2021, cuando ingresó en el hospital King Edward VII, en el centro de Londres, después de una infección.

Aunque llegó a detestar a los medios de comunicación por su intromisión, jugó un papel considerable en el paso de la monarquía hacia la era moderna. El documental televisivo Royal Family (1969), con guión de Antony Jay — que hizo seguimiento de un año en la vida de la familia real mostrándola en momentos fuera de servicio, ciertamente algo forzados — recibió su apoyo ante la desaprobación de los cortesanos y consejeros de palacio. Según los informes, la película fue vista por dos tercios de la población, y algunos comentaristas la culparon de una ruptura en la deferencia hacia la familia real.

Si su recuento de logros fue modesto esto se debió, al menos en parte, a que el papel al que estaba confinado había disminuido. Aunque Philip era inteligente, con presencia física, energía y una manera cortante e irónica de hablar, se cuidó de ocultar sus intereses intelectuales, entre los que estaban la poesía y la teología, tras su apariencia exterior de fanfarrón. Tenía una excelente colección de arte privada, pintó unos cuantos cuadros y tenía una muy cuidada biblioteca personal de más de 11.000 libros, con inclusiones algo sorprendentes como las obras de T S Eliot. “No se lo digas a nadie,” decía. Los clérigos que visitan Balmoral o Sandringham para predicar los sermones dominicales podrían sentirse desconcertados por el escrutinio de sus ojos saltones desde el banco delantero, y su interrogatorio minucioso durante el almuerzo posterior.

Aunque frustrado, sobre todo en los primeros años del reinado, por su falta de alcance personal, aprovechó al máximo el papel que tenía ante él. Fue un patrocinador leal y estrechamente comprometido con una amplia gama de organizaciones y causas, desde el movimiento nacional de campos de juego de la posguerra hasta el Real Instituto Nacional para Personas Sordas (RNID) — hoy llamado Action on Hearing Loss — del que fue patrocinador durante 55 años. Fue el primer presidente del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) en Reino Unido, de 1961 a 1982, y presidente internacional de 1981 a 1996.

Después de abandonar la práctica del polo antes de llegar a los cincuenta, se dedicó a la conducción de carruajes y tuvo un rol fundamental para formalizarlo como deporte competitivo. Su libro Thirty Years On and Off the Box Seat [Treinta años en el asiento del conductor] se publicó en 2004, y continuó conduciendo hasta los noventa. En 1967 ayudó a establecer el Maritime Trust, que se ocupa de la conservación de embarcaciones históricas, y como patrón del Museo Marítimo Nacional de Greenwich participó en evitar que el famoso clíper Cutty Sark fuera desmantelado.

Más duradero y significativo fue su compromiso con el programa de becas del Duque de Edimburgo, que fundó en 1956 con el educador alemán Kurt Hahn para crear un “kit de bricolaje en el arte de la vida civilizada”. El programa, que ahora opera en más de 140 países, alienta a jóvenes a ofrecerse como voluntarios para el servicio comunitario y esforzarse en el trabajo en equipo y actividades al aire libre. Desde los inicios del plan han participado más de 4 millones de adolescentes, y el duque continuó entregando sustanciosas becas a los más exitosos hasta los 90 años.—

Al principio se había resistido a la idea. “Nunca habría comenzado de no ser por Hahn, ciertamente no. Dije: ‘Bueno, no me voy a arriesgar a hacer algo tan estúpido como eso, para que todos digan ‘¡qué tonto!’, ¿sabes?” Y quizá tenía razón en adelantarse al juicio popular, porque probablemente se le recordará por lo que los medios han reportado como meteduras de pata públicas: algunas soltadas como humor tosco de marineros, otras como bromas pesadas, algunas simplemente — como él mismo lo hubiera expresado — “jodidamente groseras”, aunque estas últimas generalmente estaban dirigidas a miembros de la oficialidad de las fuerzas armadas y no a otras jerarquías.

Muy a menudo sus frases fueron decoradas e incluso inventadas al ser narradas, y frecuentemente la indignación que se decía causaban era en gran parte por haber sido resumidas. Por lo general, las preguntas y comentarios bruscos que lanzaba eran comentarios irónicos, aunque mal juzgados, de un hombre aburrido que buscaba iniciar una conversación, o simplemente provocar una respuesta más allá de la habitual conversación anodina de un visitante real.

“¿Sabes que ahora hay perros para anoréxicos que comen por ellos?” (a una mujer ciega de Exeter con un perro guía durante una gira real); “Se te van a quedar los ojos rasgados” (advirtiendo a un grupo de estudiantes británicos que no permanezcan demasiado tiempo en China); “Es agradable estar alguna vez en un país que no está gobernado por su gente” (visitando a la dictadura paraguaya); “¿Cómo pueden hacer que los escoceses no beban alcohol durante el tiempo suficiente para pasar el examen de conducción?” (a un instructor de autoescuela escocés); “¡Toma la puta foto!” (durante un largo photocall en un evento para conmemorar el 75 aniversario de la Batalla de Inglaterra). Comprensiblemente, se molestó cuando se reportó que había dicho a unos niños sordos que estaban parados cerca de una banda de música: “Por supuesto que van a ser sordos, si se quedan allí”, y señaló que era poco probable que lo hubiera dicho — siendo patrocinador del RNID y alguien cuya madre había sido sorda. Pero no se quejó.

El biógrafo de Felipe en 1971, Basil Boothroyd, afirmó que heredó un “desprecio manifiesto por la ignorancia, la estupidez, la ineficacia o la astucia en los demás” de su padre, el príncipe Andrés de Grecia, aunque ocasionalmente él mismo podía mostrar rasgos negativos cuando estaba aburrido o impaciente. Sin embargo, lo más probable es que, considerando lo ausente que estuvo su padre durante la mayor parte de su vida, esto fuera solo un caparazón para cubrir sus inseguridades de infancia.

Uno de sus apodos era Phil el griego, por haber nacido en Corfú dentro de la familia real de Grecia, pero sin sangre griega. Venía de una rama de los Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg, la peripatética y frecuentemente exiliada familia real danesa que los griegos importaron después de independizarse de Turquía en la década de 1820.

Su ascendencia se encontraba en las familias reales interconectadas de la Europa del siglo XIX. Su abuelo paterno era danés, su abuela rusa: los siete hijos de la pareja se hablaban en griego entre ellos pero en inglés con sus padres, cuyas conversaciones privadas eran en alemán.

El acento de Felipe era el de un inglés fanfarrón de clase alta, pero también hablaba alemán y francés con fluidez, y algo de griego. Su abuelo, el príncipe Guillermo de Dinamarca — cuya hermana Alexandra se casó con el rey británico Eduardo VII — fue invitado por el gobierno de Atenas a convertirse en rey de Grecia en 1863 cuando tenía 17 años. Guillermo era un hijo menor desechable, por lo que su familia dijo que sí.

Se casó con la gran duquesa Olga, nieta del zar Nicolás I. Sin embargo, una de sus hijas escribió: “Siempre nos inculcó que éramos griegos y nada más.” Uno de sus hijos menores desechables, Andrés, se convertiría en padre del príncipe Felipe. Andrés se entrenó como soldado y hablaba griego como lengua materna. Se casó con la princesa Alicia de Battenberg, hermana de Lord Louis Mountbatten, quien más tarde fue el conde Mountbatten de Birmania.

Bautizado como Philippos, Felipe era hijo único de sus padres después de cuatro hijas. Para entonces, su abuelo, que gobernó Grecia como Jorge I, había sido asesinado por un griego en 1913 y su sucesor Constantino, tío de Felipe, había sido depuesto cuatro años más tarde por no haber apoyado a potencias aliadas como Gran Bretaña y Francia en la Primera Guerra Mundial.

Después del reinado de tres años de su segundo hijo, Alejandro, Constantino fue reinstalado por referéndum en 1920. Dos años más tarde fue derrocado nuevamente en un levantamiento militar. Jorge V de Gran Bretaña, hijo de la tía abuela Alexandra, envió un crucero naval para rescatar a Andrés, que enfrentaba un juicio por traición, y a su joven familia. Felipe, de un año, fue colocado en una caja naranja y conducido en un bote a remo hasta el barco con el resto de la familia.

El exilio permanente iba a ser la primera experiencia de la vida de Felipe. Se crió en St Cloud, en las afueras de París. Su familia vivía de la caridad de sus parientes: sus hermanas mayores vestían ropa heredada. Su padre, privado del mando militar, no tenía ocupación y abandonó a la familia, retirándose a jugar en los casinos de Montecarlo. Su madre, la princesa Alicia, era sorda, sufría de esquizofrenia y estuvo confinada a un asilo durante gran parte de la infancia de Felipe — aunque se recuperó, convirtiéndose en monja y fundando una orden de monjas enfermeras ortodoxas. Alicia llegaría a vivir en el palacio de Buckingham, donde falleció a los 84 años en 1969.

Felipe adquirió destreza en mantener las apariencias mientras, skint [‘sin dinero’] (una de sus palabras favoritas), pasaba de un internado a otro, primero en París, luego en Alemania y más tarde en Escocia, y pasaba las vacaciones con parientes, incluidas sus hermanas, dos de las cuales se habían casado dentro de la aristocracia alemana y cuyos maridos se convirtieron en nazis. Una vez que se le preguntó sobre su hogar en la infancia durante una entrevista, respondió: “¿Qué quieres decir con ‘hogar’? Sigues adelante. Eso haces. Eso es lo que uno hace.”

Desde la primera infancia le llevaban a menudo a Gran Bretaña para visitar a su abuela materna, la marquesa de Milford Haven; su esposo (y primo), el príncipe Luis de Battenberg, quien había sido primer Lord del mar, había sido ordenado marqués en 1917 después de convertir su apellido Battenberg a Mountbatten, en inglés. Cuando le pidieron a Felipe que tomara el té en el Palacio de Buckingham, a la reina María le pareció “un niño agradable con ojos muy azules”.

Creció como un muchacho atrevido en una familia dominada por mujeres. Un informe de su primera escuela en París opinaba que era rudo, bullicioso, lleno de energía y educado. Después de una escuela preparatoria de inglés, Cheam, fue a una escuela secundaria fundada en Alemania por Hahn. En 1934 fue trasladado a Gordonstoun, el internado escocés que Hahn estableció después de su exilio como judío alemán. Para Felipe, Gordonstoun fue lo más parecido a un hogar inmutable y sus valores le influenciaron fuertemente.

La visión de Hahn era “construir la imaginación del chico desde su decisión y fuerza de voluntad de soñador … para que en el futuro, los hombres sabios tengan el temple para liderar el camino que han marcado, y los hombres de acción tengan la visión para imaginar las consecuencias de sus decisiones”. Hahn también hablaba de “entrenar soldados que al mismo tiempo sean amantes de la paz”.

Trató de inculcar en sus alumnos un compromiso con el servicio público, la autosuficiencia y el autocontrol; solo había 30 de ellos en la época de Felipe. La influencia de Hahn se puede ver en el plan de becas del duque, en el interés de Felipe por las actividades al aire libre y en su elección de Gordonstoun para la educación de sus hijos. A Felipe le había encantado la escuela; decía que le traía una intensa felicidad y entusiasmo.

Felipe se quedaba con sus parientes ingleses, con amigos de la familia y, a veces, con el tesorero de Gordonstoun. Todos le veían alegremente adaptable y sin presunción aristocrática. Su prima Alexandra, reina de Yugoslavia, le recordaba, de vacaciones con su familia en Venecia, como “un perro enorme y hambriento, quizás un collie amistoso que nunca tuvo una canasta propia”. También destacaba en su afición por las mujeres. “Rubias, morenas, encantadoras pelirrojas, Felipe las galanteaba a todas con educación y bastante imparcialidad,” según Alexandra.

Entró en la Royal Navy [armada real británica] a los 17 años. Su tío Louis Mountbatten — quien se había hecho cargo de su crianza y siempre estaba ansioso por actuar como jefe de arreglos reales — afirmó que esto se debió a su influencia, pero a Felipe no le gustaba que se le considerara dependiente de él. Quedó en el puesto 16 de 34 candidatos exitosos en los exámenes de Dartmouth para la armada después de estudiar en una academia de preparación. Si bien su ortografía era atroz, obtuvo una calificación casi completa en la entrevista del examen. Se preocupó de subrayar que había estado siguiendo el ejemplo de su padre y su abuelo, más que el de su tío. “Sospecho que [Mountbatten] se esforzó demasiado en convertirme en un hijo,” decía.

Le presentaron por primera vez a la princesa Isabel, de 13 años, durante una visita real a la universidad. Tal vez ella estaba más enamorada del joven guapo, rubio y de ojos azules, cinco años mayor que ella, que él de la princesa adolescente. Nada en sus copiosas declaraciones posteriores insinuaba una naturaleza romántica, y la reunión de Dartmouth resultó haber sido planeada por Mountbatten.

Felipe ganó dos premios en Dartmouth como mejor cadete y se alistó como guardiamarina en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Alejado de la acción naval hasta que Grecia entró en la guerra, experimentó por primera vez los disparos frente a Libia y Sicilia, y se convirtió en uno de los primeros tenientes más jóvenes de la armada.

Como segundo al mando del HMS Wallace durante los desembarcos aliados en Sicilia en julio de 1943, ayudó a salvar muchas vidas lanzando una balsa de madera para quemar, emitir humo y actuar como señuelo para un bombardero alemán. Pasó gran parte de la guerra patrullando submarinos en el Mar del Norte. En 1942 volvió a ver a Isabel, en un baile en la casa del duque de Kent. Al cabo de dos años se había convertido prácticamente en huérfano tras la muerte de su padre en la Francia ocupada en 1944. Recibió poco dinero como herencia, pero ocasionalmente se le invitaba a quedarse en el castillo de Windsor mientras estaba de permiso — donde vio a Isabel actuar, bailar tap y cantar en una panto [actuación] familiar. La princesa podría haber estado enamorada, pero los cortesanos no, y los lacayos notaron con regocijo cuando desempacaron su valija de fin de semana que no contenía zapatos de repuesto — su único par estaba agujereado — ni pijama ni pantuflas.

Nadie creía que Felipe fuera un caballero y, en los días inmediatos de posguerra, nada mucho mejor que un alemán: el diplomático Harold Nicolson escribió de él que era “rudo, maleducado, inculto y … probablemente nada fiel”.

El nombre del joven militar en bancarrota no figuraba en el primer once de la lista de pretendientes aceptables para la reina, pero en 1946 venía siendo invitado a menudo a Balmoral, donde se comprometió con Isabel. “Fue algo arreglado,” dijo. “Después de todo, si pasas 10 minutos pensando en ello, y muchas de estas personas pasaron mucho más tiempo pensando en ello, ¿cuántos jóvenes obviamente elegibles, además de las personas que viven en este país, estaban disponibles?”

El compromiso tuvo que mantenerse en secreto, pero se filtró. Palacio lo negó. En una encuesta de un periódico, el 40% le desaprobaba como pareja debido a su origen extranjero y parientes germánicos. Felipe adquirió la ciudadanía británica, rechazando el apellido Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg y quedando como Mountbatten. En julio de 1947 finalmente se anunció el compromiso. La pareja se casó en noviembre siguiente en el primer gran espectáculo público durante la austeridad de la posguerra. La ración de ropa tuvo que ser relajada para proporcionar un vestido de novia. Isabel llevó a su corgi Susan a la luna de miel. Felipe pilló un resfriado.

El rey Jorge le escribió a Isabel: “Puedo ver que estás sublimemente feliz con Felipe, lo cual es correcto, pero no te olvides de nosotros.” Honores sin precedentes en su familia se derramaron sobre él: un asiento en la Cámara de los Lores, £10.000 al año — suma considerable en aquellos días — provenientes de fondos públicos, la libertad de Londres, el ducado y la libertad de Edimburgo, y un trabajo de oficina en el Almirantazgo. El príncipe Carlos nació un año después de la boda, la princesa Ana en 1950. En 1949 Felipe se hizo a la mar nuevamente, con base en Malta, donde Isabel se unió a él — quizás la única vez en su matrimonio en que pudieron llevar una vida relativamente normal como una joven pareja en servicio de las fuerzas armadas. De todos modos, fue un período que recordaban de manera tan idílica que regresaron a la isla en 2007, después de su 60 aniversario de bodas.

Esperaban que su vida semiprivada durara unos 20 años, pero Jorge VI enfermó en 1949 y en febrero de 1952 fallecía de cáncer de pulmón a la edad de 56 años. Felipe e Isabel estaban de gira en Kenia, al comienzo de una larga visita al extranjero, cuando tuvo que dar la noticia a su joven esposa. “Parecía como si le hubieran dejado caer la mitad del mundo encima,” dijo el asistente de Felipe, Mike Parker. Había algo de verdad en esto. Justo cuando él y su esposa se habían embarcado en sus jóvenes años de formación familiar, Felipe, a los 30 años, se halló consorte de la reina, líder de un imperio que rápidamente se convertiría en la Commonwealth y, aún así, monarca de 16 países.

Su acotada condición como consorte de soberana, jurando lealtad a su esposa en su coronación como “señor de su vida y de su cuerpo, y su adoración terrenal” sin tener una carrera propia, fue fastidiosa al principio. Racionalizó y sublimó el aburrimiento como su deber — algo reconocible para los hombres de su generación — principalmente hacia su esposa y luego hacia la institución y el país. Siempre aparecía en el lugar y momento adecuados, bien preparado y por encima de sus instrucciones. En las reuniones de las organizaciones con las que estaba asociado, se podía confiar en él para que hiciera preguntas bien informadas y no permitiera que prevalecieran lugares comunes o pensamientos descuidados. La reina se mantuvo fiel a él: “mi fuerza y ​​mi permanencia”.

En los primeros años, encontró refugio sustituto de la sala de oficiales de la armada en el Thursday Club, un grupo para beber y comer exclusivamente masculino dedicado al mal gusto y las bromas pesadas. Se reunían en la primera planta de un restaurante del Soho londinense. Entre sus miembros estaba el político conservador Iain Macleod, la estrella de cine David Niven, el organista bucal Larry Adler y el osteópata Stephen Ward — quien se convirtió en una figura fundamental en el escándalo Profumo de 1963.

Su relación con Ward inspiró una famosa portada de dibujos animados de [la revista satírica] Private Eye que mostraba la túnica de coronación de Felipe abandonada en el dormitorio de la amiga de Ward, Christine Keeler. No apareció ninguna evidencia que apoyara tales chismes, aunque la esposa separada de Parker afirmó en un libro en 1982 que Felipe y su asistente Parker habitualmente se escurrían fuera del Palacio de Buckingham para divertirse juntos — bajo los nombres clave Murgatroyd y Winterbotham.

Sin embargo, la lucha por definir un rol fue seria y honesta. “No tengo trabajo,” escribió Philip a su biógrafo de 1991, Tim Heald. “Nunca me propuse planificar mi carrera. Tenía dos ideas generales. Sentí que podía usar mi puesto para llamar la atención sobre ciertos aspectos de la vida en este país, y que esto podría ayudar a reconocer las cosas buenas y exponer las malas. También creí que podría poner en marcha varias iniciativas. Uno se podría preguntar si todo este apresuramiento (en las funciones públicas) tiene algún propósito. ¿Lo estoy haciendo simplemente para que parezca que me estoy ganando el sustento, o tiene algún valor nacional?”

Aunque era enérgico, trabajador y, con mucho, el mejor orador público de la familia, prácticamente nunca hubo una discusión pública sobre cómo podría serle útil. Su esposa era tímida y constitucionalmente obligada a no ser partidista, lo que imponía límites a su papel público si no quería parecer un acaparador de publicidad o un usurpador. Al principio, fue perseguido por la paranoica campaña de prensa de Lord Beaverbrook sobre sus conexiones alemanas y las de su tío, una disputa que se resolvió entre Mountbatten y el heredero de Beaverbrook, Sir Max Aitken, en la década de 1970. El Mirror, igualmente un diario de venta masiva bajo la dirección de Hugh Cudlipp, publicaba editoriales de protesta tímidamente “descarados” cada vez que se metía en una controversia.

Más tarde, la prensa construiría una imagen muy parcial de una figura insensible y belicosa, que no tuvo en cuenta sus relaciones privadas más geniales y empáticas. Esto alcanzó su apogeo en las acusaciones después de la muerte de Diana, Princesa de Gales, de que él la había acosado e intimidado cuando su matrimonio terminó, cuando había quedado claro — luego que sus cartas fueran divulgadas durante la investigación posterior — que en realidad se había preocupado por ella y le había mostrado comprensión a su difícil situación.

En su funeral en 1997, fue Felipe quien arropó a su nieto William, quien estaba nervioso por tener que caminar detrás del ataúd. “Si tú caminas, yo caminaré contigo,” le dijo.

Felipe escribía sus propios discursos, y muchos de sus supuestos arrebatos tenían la habilidad de ser proféticos. A principios de la década de 1950, dijo ante la Sociedad de Fabricantes de Automóviles que, gracias a la congestión del tráfico, “pronto será más rápido ir a pie”. En 1960 abogó por “perdonar a los enemigos” ante la Asociación Anglo-Alemana. Denunció las “crudas filosofías industriales en la agricultura” que causarían un inmenso daño social y demográfico.

A principios de la década de 1970, dijo que Gran Bretaña vivía más allá de sus posibilidades: “Cualquiera que crea que el petróleo del Mar del Norte por sí solo nos sacará de los problemas también creerá que la seguridad social se puede comprar en una casa de empeño.” En 1977, año de las bodas de plata de su esposa, comparó la economía británica con la podredumbre seca en una casa: “No sabes cuándo empieza, no sabes cuándo es la crisis, pero poco a poco el lugar se vuelve inhabitable.”

A pesar de ello, y a falta de un debate público inteligente, le puso demasiado fácil a quienes eran objeto de sus palabras despreciarle como loco y bocazas. En una visita a Canadá, su frustración fue evidente en su comentario público más airado, aunque todavía controlado: “Es un completo error imaginar que la monarquía existe en interés de la monarquía. No es asi. Existe por la gente, en el sentido de que no venimos aquí en beneficio de nuestra salud, por así decirlo. Podemos pensar en otras formas de divertirnos. A juzgar por algunos de los programas que debemos seguir, y lo poco que obtenemos de ellos, se puede suponer que lo hacemos en interés del pueblo canadiense y no por nuestro propio interés.”

Su sensación de resignación acerca de su puesto era evidente. En 1999 dijo en una entrevista: “Aquello por lo que deseas que te recuerden no tiene nada que ver con eso. Uno puede desear todo tipo de cosas. Si no sucede, no sucede.”

Para cuando cumplió 90 años, Philip ya reconocía la necesidad de renunciar a algunos de sus compromisos públicos: “Es mejor irse antes de llegar a tu fecha de caducidad.” Revisar el curso de su vida en entrevistas televisivas no le fascinaba. Como explicó a Fiona Bruce en la BBC, cuando preguntó por primera vez qué se suponía que debía hacer, nadie pudo decírselo, por lo que procedió por ensayo y error. Seis décadas después, habiendo estado involucrado con más de 800 organizaciones, todavía tenía una visión bastante clara de los usos y limitaciones de ser un mero representante. Apenas disimulando su impaciencia con las preguntas de Bruce y a la vez haciendo un pequeño esfuerzo por gustar, admitió su deseo de ir más despacio: “Creo que he puesto mi granito de arena. Quiero divertirme ahora con menos responsabilidad, menos apresuramiento frenético, menos preparación, menos tratando de pensar en algo que decir […] Los recuerdos se me van […] Sí, estoy bajando un poco la velocidad.”

Apenas si lo hizo. En 2011 acompañó a su esposa en una visita de estado potencialmente difícil a Irlanda y en una ardua gira por Australia. Aunque comenzaba a verse más frágil y ligeramente encorvado, permaneció siempre presente y aparentemente indestructible al lado de la reina hasta el fin de semana de Navidad, en que le llevaron de urgencia al hospital con dolores en el pecho para una operación cardíaca de emergencia, la primera enfermedad significativa reconocida públicamente en su vida. Le insertaron un stent en la arteria coronaria y le mantuvieron con vida durante cuatro días. Los informes sugirieron que estaba irritado por la experiencia y, cuando fue dado de alta, se dirigió directamente a la fiesta de un grupo de cacería en Sandringham.

El día después de estar con la reina durante cuatro horas bajo una lluvia torrencial a bordo del Spirit of Chartwell, durante el desfile en el Támesis para conmemorar su Jubileo de Diamante en junio de 2012, le llevaron al hospital con una infección en la vejiga. La reina tuvo que asistir sola a un concierto en el Palacio de Buckingham y a un servicio de acción de gracias en la catedral de San Pablo, mostrando una apariencia un tanto desolada. Cuando se le preguntó si se sentía mejor cuando salió del hospital King Edward VII cinco días después, respondió: “Bueno, no hubiera salido si no me sintiera mejor.”

El verano siguiente se sometió a una cirugía abdominal. Le tomó hasta mayo de 2017 anunciar que se jubilaría, al no asumir nuevos compromisos a partir del otoño siguiente. Su aniversario de bodas de ese año marcó siete décadas al lado de su esposa.

Más allá de su servicio público y sus relaciones personales, había una organización en la que Felipe tenía cierta influencia como ejecutivo: la monarquía misma. Uno de sus primeros actos como consorte fue liberar a los trabajadores de palacio de la obligación del siglo XVIII de empolvarse el pelo con harina y almidón en ocasiones oficiales, calificándola como una regla “ridícula y poco masculina”. Modernizó en parte las economías de las propiedades reales, se deshizo de las fiestas de debutantes en la corte, fue el primer miembro de la realeza en dominar la televisión, y el primer consorte moderno en escribir libros y artículos. Insistió en que sus hijos, a diferencia de sus predecesores reales, tuvieran una carrera y respaldó el entusiasmo del príncipe Carlos por ir a la universidad.

Al final de todo, como escribió el Príncipe Alberto: “La posición de un príncipe consorte requiere que un esposo debe sublimar por completo sus propios intereses individuales dentro de los de su esposa.” Felipe, con una esposa menos asertiva que Victoria pero también con una débil posición constitucional, mantuvo un perfil obstinado. Y terminó dejando su propia impronta, así como su propia línea de sangre, en algunas de las generaciones posteriores a él: Mountbatten-Windsor. Para un exiliado que empezó con tan pocas cartas por jugar, no es un logro menor.

Le sobreviven la reina, sus cuatro hijos — el príncipe Carlos, la princesa Ana, el príncipe Andrés y el príncipe Eduardo —, ocho nietos y nueve bisnietos.

Philip Mountbatten-Windsor, duque de Edimburgo, barón de Greenwich, conde de Merioneth, nacido el 10 de junio de 1921, murió el 9 de abril de 2021



Artículo de Stephen Bates
Publicado en The Guardian el 
viernes, 9 de abril de 2021

Traducido al español por Alejandro Tellería-Torres

Enlace al artículo original en inglés: https://www.theguardian.com/uk-news/2021/apr/09/prince-philip-the-duke-of-edinburgh-obituary

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