Una nación borracha: ¿Por qué los británicos beben tanto?

Crédito: Eric Huang / flickr (CC BY-NC-ND 2.0)

Bebimos durante todo el confinamiento y ahora estamos de vuelta en las calles, haciendo lo que hemos hecho para relajarnos desde la antigüedad. ¿Por qué las bebidas alcohólicas son una parte tan intrínseca de la vida británica?

La tarde tormentosa con rayos en Sheffield, y su pesada llovizna, se mueven a través de sus famosas siete colinas mientras me dirijo a West Street — el callejón de pubs de la ciudad y posiblemente la capital mundial del strawpedo (una ingeniosa técnica de usar una pajita para acabarse de golpe una bebida, en alusión a un torpedo). Es el clima típico de Yorkshire, pero a la multitud que sale de trabajar no le importa. Ha sido una larga semana — o, mejor dicho, han sido 18 largos meses — y la gente tiene sed.

Entonces, nos vamos hacia el Forum Kitchen & Bar primero, para tomar una pinta y una pizza que absorba lo que vendrá a continuación. Son todos colegas y compañeros de trabajo en esta parte de la noche, chismeando y poniendo verde a sus jefes. Guarecidos bajo un maltrecho paraguas, conozco a Leah Carr y a Dave Woodcock, dos compañeros que trabajan en un instituto de sexto año en Rotherham.

Leah ya se ha clavado dos mojitos pero, frustrada con la relación hielo-alcohol, cambia a vodka con lima y soda. Un cóctel más barato y con más pegada. Está llena de energía contenida. «Estoy harta de beber en casa con mis compañeros,» dice. «Estoy lista para bailar. Quiero estar en el bar y conocer gente espontáneamente.»

Dave se extiende contándome del pub casero que se ha construido durante el encierro. «He reemplazado mis noches con una máquina de cerveza en casa,» reporta. «Ahora soy adicto a ella.» Me pregunta si conozco Rotherham. Le digo que no. «Solo se habla de pedófilos y de [el exportero de la selección inglesa] David Seaman,» dice. «Salimos más [los fines de semana] por Sheffield que por Rotherham.»

La lluvia cae realmente fuerte ahora y una persona sensata que vive en un país más sensato probablemente se iría a casa. Pido otra ronda. Gran Bretaña y el alcohol. Es quizás nuestra amistad más antigua y difícil: eufórica, inevitable y con frecuencia tan dañina. Una de cada diez personas ocupa una cama de hospital debido al alcohol, según el NHS, y los bebedores consuetudinarios cuestan el servicio de salud británico £3.500 millones al año solo en Inglaterra. En un 39 por ciento de los incidentes violentos registrados en 2018, la víctima creía que el delincuente estaba bajo la influencia del alcohol.

En este verano, más que en otros, estamos mirando la profundidad y depravación de esta relación cara a cara. Más que Netflix, la jardinería o el horneado de pasteles, para muchos el alcohol ha sido la mejor (o la peor) ayuda que han tenido disponible durante el confinamiento. En 2020, las muertes relacionadas con el consumo de alcohol alcanzaron las 7.423 — la cifra más alta en 20 años.

Por lo general, cometemos nuestros peores excesos de verano — los verdaderos cagadones — en Zante, Magaluf o Split, pero este año estamos todos juntos en nuestra pequeña y embriagada isla, obligados a ver la borrachera que persigue e ilumina a la psique británica. Estaba en las calles de Londres durante la final de la Eurocopa, con fuegos artificiales saliendo de nalgas desnudas, muchachos euforizados con cocaína y cerveza abriéndose paso hacia el estadio de Wembley, botellas volando a través de Leicester Square. Pero no solo los hooligans se están volviendo locos: ayuntamientos de todo el país vienen luchando con una «gran demanda» de reciclaje de vidrio, ya que los bebedores domésticos están dándole con fuerza al sauvignon de supermercado.

Expertos de la industria confirman que este exceso nacional no es producto de mi imaginación. Cuando los pubs se reabrieron por primera vez en abril Phil Urban — director ejecutivo de Mitchells & Butlers, el grupo de pubs más grande que cotiza en bolsa en Reino Unido — reveló que sus pubs se estaban quedando sin cerveza porque la demanda era muy alta. Peter Harrison — contralor comercial de Budweiser en Reino Unido — me dice que la demanda de sus bebidas ha estado en «niveles sin precedentes» desde que empezó el verano. Además, beber es más barato que nunca: la plataforma Alcohol Health Alliance UK — que hace campaña para que Inglaterra siga el ejemplo de Gales y Escocia en la introducción de un precio unitario mínimo — ha descubierto que se vende sidra a tan solo 19p (0,22€) la unidad. Esto significa que toda una «ración» semanal de alcohol — 14 unidades — puede costar menos que un café en Starbucks.

Por eso me fui a Sheffield; para constatar cómo se ven las cosas en el frente de batalla. Después de tres años viviendo en Washington DC — una ciudad donde, si te ven pidiendo una copa de vino a la hora de comer, los clientes se quieren ir del local — ya había olvidado cuánto bebía yo en Gran Bretaña, donde parece que cada interacción social se lubrica con el «apretón de manos químico» de tomarse una pinta… o tres. Quería conocer mi propio país otra vez — es decir, salir solamente para terminar borracho.

Es aproximadamente a las 8.30 pm en el beer garden del Walkabout Sheffield. Stu, Sam, Adam y Mitch, un grupo de muchachos de alrededor de veinte años, se acurrucan escondiéndose de la lluvia mientras se beben pintas bajo un toldo con el logotipo de Guinness. Todos están solo en camiseta. «Es julio en Sheffield, después de todo,» se carcajea Mitch. Todos creen que están bebiendo más desde que comenzó la pandemia. «Uno tiene que aprovecharla al máximo, ¿verdad?» prosigue Mitch. «Eso no hace que la gente deje de salir. Definitivamente hemos ido a fondo.» La habitual chica Jägerbomb comienza a pasearse por el jardín. Digo ‘no gracias’ (por algún mal recuerdo), pero la mesa de seis junto a nosotros compra la bandeja completa de 12 shots [chupitos] por £34. Se los acaban en segundos.

Al igual que Dave Woodcock, Adam se ha construido un pub casero durante la pandemia, trabajando junto a su padre. «Fue por tener algo que hacer, realmente,» afirma. Cree que el final del confinamiento es «genial» para los más jóvenes. Pero también se pregunta si algunos podrían haberse acostumbrado al hedonismo doméstico. «Todo el mundo tiene su barra instalada en el jardín ahora,» dice. «Puedes meterte una borrachera y de inmediato irte a la bañera a hacerte un hidromasaje.»

En el Sheffield Water Works Company — un pub de la cadena Wetherspoons — nos registramos a la entrada con el NHS Test and Trace y seguimos nuestro camino. Una chica, en cambio, se dedica al ilícito pasatiempo nacional de tomar una foto del código QR en su teléfono sin registrarse con la app de su teléfono móvil. «Esto es más Test y una mierda,» se ríe.

Allí conozco a Carly Cryan, de 18 años, de copas con Danny, Eve y Tom. Son un grupo de amigos de la escuela que acaban de terminar su primer año en la universidad (aparte de Tom, a quien la pandemia le «jodió» sus [exámenes preuniversitarios] A-Levels y ahora está de aprendiz). Habiendo pasado tanto tiempo encerrados están recuperando el tiempo perdido bajando los fuertes chupitos de sambucca con sidra de frutas Kopparberg. «Por ahora, salgo todas las noches,» dice Carly. «Nuestras vidas han sido mucho mejores desde que reabrieron los pubs. Es simplemente mejor con alcohol, ¿no? Hace que la noche sea mucho mejor.»

Eve ya se ve un poco perjudicada. «No le hagas caso,» dice Carly. «Se ha pasado un poco.»

Las restricciones recientes han impedido a este amistoso escuadrón ingresar legalmente a una discoteca, pero esto está a punto de cambiar. «Hemos perdido mucho tiempo, todo el mundo está listo para volver,» dice Carly. «Ahora que las discotecas están abriendo, esto se va a poner bueno.»

Esto de ‘ponerse bueno’ es lo que separa al bebedor del norte de Europa de sus pares mediterráneos, particularmente — no exclusivamente — varones. Compartimos esta cultura a través de las islas británicas e Irlanda, pero también con nuestros primos vikingos en Escandinavia, nuestros antepasados ​​holandeses a quienes extrañamente nos parecemos tanto, y con nuestros cerveceros ancestros del sur y el este de Alemania. Y siempre ha sido así.

«Los historiadores romanos observaban con asombro la diferencia entre los cautos hábitos para la bebida de los pueblos mediterráneos, y la aparente intención de los bárbaros del norte para salir y beber hasta quedar ciegos,» dice Robin Dunbar, profesor emérito de psicología evolutiva de la Universidad de Oxford. «De manera similar, los normandos estaban absolutamente horrorizados por el comportamiento de los sajones cuando adquirieron Inglaterra. Pensaban que se trataba de hordas de borrachos groseros que solo tenían por objetivo emborracharse hasta perder el control.»

Distintas culturas dan precedencia a distintos rituales de comunidad, señala Dunbar. A los griegos les gusta bailar. Algunas culturas prefieren cantos comunitarios. Los indígenas del sur del África llegan al trance bailando. Para los europeos del norte, introvertidos y siempre bajo la maldición de una permanente y lluviosa nube gris, bien establecidos y con suficientes tierras, cultivos y materiales de construcción para preparar grandes barriles de cerveza, beber compulsivamente ha sido nuestro ritual de comunidad durante mucho tiempo.

Sin embargo, aunque los jóvenes bebedores ​​son una perenne y resistente institución británica, los datos muestran que los más jóvenes en realidad están bebiendo menos por estos días. O al menos esa era la tendencia antes de la pandemia. Las tasas de abstinencia en Inglaterra entre jóvenes de 16 a 24 años aumentaron del 18 al 29 por ciento entre 2005 y 2016. Las tarifas de consumo excesivo de alcohol también disminuyeron del 27 por ciento en 2005 al 18 por ciento durante el mismo período.

Tom no se lo cree. «Si salgo, bebo,» refuta. «Es beber y fútbol. Si el fútbol es temprano, bebemos algo inmediatamente después. Si vamos directo al pub, llegamos allí a las 11:30am del domingo para un partido a las 8pm.»

Aún con la caída de las tasas generales de consumo, lo que está sucediendo ahora es una «polarización alcohólica» — se bebe menos en general, pero algunas personas beben más que nunca. Actualmente, los bebedores más pesados ​​son en realidad los de mediana edad, desde los entusiastas baby boomers que soplan vinos premium de supermercado, a los revoltosos de la Generation X que alcanzaron la mayoría de edad en la década de los 90. Cada vez se bebe más en casa, ya que los estilos de vida habilitados con alcohol y tecnología doméstica hacen que salir sea una opción más incómoda, cara y poco atractiva, impulsando la disminución de la popularidad del gregario pub.

“Nos mudamos fuera de Londres hace diez años y fue entonces cuando empezaron las sesiones de beber en casa,” dice Alex, contable de cincuenta y tantos años que vive en Bedfordshire. “Nuestro pub más cercano está a una buena distancia y, por supuesto, estuvo cerrado durante el confinamiento. Abrí una cuenta en Majestic en abril pasado y para mí y mi esposa eso ha sido el final de cualquier tipo de ecuanimidad. Es vergonzosa la frecuencia con la que los vecinos ven llegar la furgoneta de Majestic, pero todos ellos también se han pasado encerrados 17 meses.»

Alison — directora de relaciones públicas que vive en West Sussex — dice que ahora usa uno de los cubos de basura de su casa solo para botellas. “Mi esposo espera a que todos se vayan antes de vaciarlo en el contenedor de botellas. Nos prometimos que íbamos a parar, al menos entresemana, una vez que la pandemia terminase, pero el vino ha sido una gran ayuda el año pasado.» No pueden ser solo ellos, añade Alison, porque su esposo ha regresado de más de un viaje fallido al contenedor. “Otra vez, está lleno,” dice.

James — de 42 años y consultor empresarial del norte de Londres — bebe habitualmente, pero dice que ha bebido con más frecuencia que nunca durante los últimos 18 meses. “Durante los momentos más oscuros de la pandemia, cuando tienes tres hijos que van a la escuela en casa y nada que hacer, abría una botella de vino cada noche,” dice. “Lo normal es beber unas cuatro noches a la semana. Estoy en seis en este momento, como muy poco.»

Tal es el creciente contraste generacional, que la edad es ahora un mucho más claro indicador de cuánto alcohol consumen las personas y ya no tanto su clase social o región — que probablemente sí determina el tipo de alcohol que beben. Sorprendentemente, más jóvenes de 16 a 24 años se abstienen de beber que los mayores de 75. John Holmes, quien dirige el Grupo de Investigación sobre el Alcohol en la Universidad de Sheffield, describe esto como un efecto de «grupo». «Los adultos jóvenes siempre han sido los mayores bebedores de la población, desde que hemos tenido buenos datos de encuestas,» afirma. «Ahora eso ya no es cierto.»

Holmes atribuye la caída en el consumo de alcohol entre los jóvenes a una «nueva sensibilidad». Esta es la generación del Dry January y Dry July [retos para no beber durante un mes], del wellness y de la mejora del estilo de vida, bebidas «sin» y bajas en alcohol, de elegantes cócteles sin alcohol — y ni les hables del rock’n’roll.

«Son mucho más conscientes, y están mucho más concentrados y ansiosos por su futuro económico,» dice Holmes. «También deben influir la tecnología, internet, las redes sociales, aunque todavía tenemos que desvelar la naturaleza precisa de esa relación.»

El investigador atribuye el consumo excesivo de alcohol en personas de mediana edad al entorno «permisivo» de finales del siglo XX. «El alcohol se volvió muy barato durante este período, por lo que esta es una generación que ha bebido más que sus predecesores a lo largo de su vida.»

Al cambiar el milenio, la bebida en Gran Bretaña alcanzó cotas no vistas desde principios del siglo XX. El consumo se había desplomado en el ínterin, comenzando con una caída aguda al comienzo de la I Guerra Mundial cuando se introdujeron cambios en la política de concesión de licencias. La bebida se reinventó luego en la era de la posguerra, con un fuerte aumento impulsado por el cambio de roles de género, un prolongado auge económico, la ausencia de guerras y, hacia finales de siglo, la bebida barata también: el alcohol hoy en día es un 74% más asequible que en 1987. En su clásico libro Everyday Drinking, el escritor y conspicuo bebedor Kingsley Amis sugiere que el crecimiento de la vida urbana también impulsó el auge del alcohol, debido a una necesidad de ‘lubricación’ social que facilitase la interacción regular con ‘semi-extraños’.

El aumento de la educación universitaria para todos probablemente también jugó un papel. Con seguridad fue allí donde aprendí a beber. En los hogares judíos como el mío es raro encontrar alcohol; contamos con las tradiciones y el chismorreo para cerrar las brechas de conversación familiar. Hasta la universidad, yo entendía la bebida como un capricho ocasional y no como una forma de vida. Nunca olvidaré la decepción en el rostro de un amigo cuando, al principio de conocernos, rechacé una pinta no programada porque estaba yéndome a la biblioteca. «No te gustan los pubs lo suficiente,» me soltó. Supuse que esto significaba «todavía no eres suficientemente inglés» — y nunca volví a decir que no. Perdí innumerables fechas límite de presentación de trabajos, y como resultado subí también varios kilos de peso, pero nunca me faltaron compañeros.

Tengo que recurrir a este mismo instinto de asimilación ahora que siento que mi noche en Sheffield comienza a cambiar. Parece que las 10 de la noche son una especie de punto de inflexión en el arco noctámbulo, cuando las últimas barreras sociales que quedaban ya se han roto y Lionel Richie ha comenzado a protagonizar la velada. Es poco probable que alguien recuerde mucho de aquí en adelante. Estoy en la esquina de West Street y Carver Street, dejando que la noche se arremoline a mi alrededor. Tres muchachos verdaderamente perjudicados salen tambaleándose de Bunk, una ruidosa coctelería. Uno se detiene para vomitar todo lo que ha cenado detrás de un cubo de basura. «Veinte Jägers al agua,» vocifera alegremente su amigo antes de dar un puñetazo a su otro compañero en la entrepierna. “¿Ves lo que me ha hecho este idiota?” me pregunta la víctima, jadeante. Claro que lo vi. Se levanta y va cojeando tras su atacante, gritando: «Me voy a tirar a tu hermana, George.»

En este punto siento que necesito refugiarme en algún lugar civilizado, así que vuelvo por West Street hasta el Hemingways. El Hem de toda la vida. Puede que ya esté bastante desorientado en este momento, pero me sorprende encontrar a una hermosa dama con una guitarra ejecutando una interpretación desgarradora de Mr Brightside de [la banda de rock] The Killers. En medio de retratos disparatados de la Mona Lisa con una mascarilla de covid, entre borrachos desfallecientes ​​y alaridos callejeros, la trovadora brilla como una perla en un abrevadero.

Sin embargo, no podemos terminar aquí. Todos los entrevistados concuerdan en que una noche en Sheffield no está completa si no termina en el Broncos Rodeo. Así que ahí nos beberemos la del estribo. La gente está bailando, jadeando, besuqueándose — lo nunca visto durante demasiados meses. Resuena en los altavoces Hi Ho Silver Lining y el local estalla. Un hombre gordo y barbudo me empuja a un círculo para que cante Hi Ho Sheffield Wednesday [el equipo de fútbol de la ciudad] and away you go now baby. De pronto las luces se encienden, los clientes salen expulsados por los vigilantes de seguridad, y luego retumba Sweet Caroline — la canción de este verano.

De pronto también regresan a mí los viejos impulsos. De poner los shots en fila y chupar hasta emborracharme. De cantar canciones cursis en los rostros de cualquier desconocido. De sentir el suelo como si estuviera pegado a mis pies. De agarrar del pescuezo a un extraño sudoroso con una camiseta empapada de cerveza, y de volverme absolutamente loco dándolo todo.

Este es el momento particularmente británico de la costumbre de beber. La leyenda negra. Porque no es que bebamos más que los demás; al contrario, sorprendentemente, estamos en la mitad de la tabla en lo que respecta al consumo general. Un informe publicado en mayo nos coloca en el puesto 16 de 44 naciones ricas, por debajo de Francia, Alemania y España, y apenas rozamos a los realmente etílicos estados bálticos. No se trata de cuánto bebemos en Gran Bretaña, sino de cómo bebemos. Bebemos para olvidar y desmelenarnos. Bebemos para rugir y gritar y soltar bárbaros ladridos sobre los tejados del todo el mundo. Bebemos para mantenernos en calor y alegres en este húmedo islote atlántico. Bebemos para coquetear y pelear y quitarnos todas las capas de represión y vergüenza que envuelven nuestras almas cotidianamente. Bebemos para sonreír, para reír a carcajadas y para atrevernos a hablar con extraños. Bebemos para terminar zampados, morados, perjudicados, intoxicados. Bebemos para desatar la locura británica nativa.

Y ¿es un problema esta ebriedad profunda? ¿Es una simpática peculiaridad nacional, o una trágica debilidad? Usando su intrínseca condición de británico, Winston Churchill decía que había obtenido más del alcohol que lo que el alcohol le había quitado. Pocos de nosotros podrán igualar el consumo de Churchill, afortunadamente, pero quizás yo siento lo mismo. Es difícil ser un defensor de la bebida cuando con tanta frecuencia conduce a la pendencia, a la violencia y al daño hepático. O cuando uno piensa en todos los días de resaca perdidos mirándose el intestino, obstinadamente hinchado. Es difícil justificar por qué necesitamos y veneramos tan desesperadamente esta peligrosa ayuda social. Pero somos humanos, somos británicos, la vida puede ser un trabajo duro y la mayoría de nosotros, espero, estamos obteniendo algo que vale la pena.

Ahora que se acercan las 2 de la mañana creo que puedo irme a dormir. He quedado un poco por debajo del antiguo objetivo de William Hague — 14 pintas en un día — pero ha sido un esfuerzo respetable. La última parada es una excursión obligatoria al pollo frito de Adnan, para disfrutar de un subidón de patatas fritas con queso medio derretido y todo cubierto de mayochup. Dos mujeres que hacen fila conmigo me felicitan por la rosa que cuelga excéntricamente de mi oreja, obsequiada por un cliente del Broncos que pasó por mi lado. “Hace dos años que no salimos,” me dicen. Y ¿qué han estado haciendo? Ambas han tenido hijos durante el confinamiento, dicen con orgullo. “No había nada bueno en la tele,” se ríe una.

De camino a casa me encuentro con la perjudicada muchachada que salía del Bunk. Siguen dando vueltas en la calle por todo lo alto, y rompen a corear una vieja canción futbolera que se ha escuchado en todas partes este verano:

Don’t take me home
Please don’t take me home
I just don’t wanna go to work
I wanna stay here and drink all your beer
Please don’t please don’t take me home

[«No me lleves a casa
Por favor no me lleves a casa
Simplemente no quiero ir a trabajar
Quiero quedarme aquí y beberme toda tu cerveza
Por favor no me lleves a casa»]

Creo que recién me doy cuenta de la perfección con que esta canción resume todo. Para bien y para mal, todo ha regresado a mí.



Artículo de Josh Glancy
Publicado/actualizado en The Sunday Times el domingo, 25 de julio de 2021

Traducido al español por Alejandro Tellería-Torres

Enlace al artículo original en inglés: https://www.thetimes.co.uk/article/drunk-nation-why-do-british-people-drink-so-much-6ckwwb0vt

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