Debilitar una democracia es sorprendentemente fácil

Crédito de imagen: WAB News

Políticos de todo el mundo han tomado prestada la táctica de Trump de ‘detener el robo’, cuyas falsedades son profundamente peligrosas

A ver, respóndanme este cuestionario: ¿Qué líder mundial hizo qué declaración?

“Estamos asistiendo al mayor fraude electoral en la historia del país, en mi opinión en la historia de cualquier democracia.”

“Este puede ser el discurso más importante que he hecho. Quiero proporcionar una actualización sobre nuestros esfuerzos actuales para exponer […] tremendos fraudes e irregularidades electorales.»

«Las elecciones cambiarán de rumbo, queridos amigos.»

Si dijeron ‘Donald Trump’, solo tienen un tercio de razón. La primera declaración la hizo el exprimer ministro israelí Benjamin Netanyahu, poco después de que sus oponentes formaran una coalición parlamentaria para derrocarle. A regañadientes, ha permitido la toma de mando a un nuevo primer ministro, Naftali Bennett, pero no ha admitido que su derrota fuera justa. La tercera declaración proviene de Keiko Fujimori, hija del exlíder autocrático peruano Alberto Fujimori. También acaba de perder un proceso electoral, pero aún no ha reconocido el resultado. Pero sí, Trump hizo la segunda declaración. Proviene de un discurso que pronunció el 2 de diciembre, en el que detalló extensamente “tremendos fraudes e irregularidades electorales”. Aunque Trump renunció, todavía no ha admitido su derrota.

Y nunca lo hará. Tampoco es probable que Netanyahu o Fujimori cedan, y no es de extrañar: en los tres casos, hacerlo significaría mucho para ellos. Trump se ve amenazado por múltiples demandas y posible pérdida de pulso comercial. Netanyahu ya ha sido acusado de corrupción y fraude. Fujimori ya pasó un año en la cárcel mientras esperaba juicio por supuestamente recaudar contribuciones ilegales de campaña, y podría volver a prisión.

También hay mucho en juego porque, al menos escuchándolos hablar, todos estos líderes afirman creer que — además de lo que sufrirían personalmente — sus países también pagarán caro sus derrotas. Netanyahu, que tuvo que ser llevado a empujones hasta su curul en los escaños de la oposición después de haber perdido la votación, llama al nuevo gobierno una «coalición peligrosa de fraude y rendición» y ha prometido «derrocarlo muy rápidamente». Fujimori ha descrito la victoria de su oponente de izquierda como una amenaza mortal para Perú y una garantía de que el país seguirá a Venezuela hacia la represión y la pobreza. Trump, por supuesto, nunca ha reconocido que haya una oposición legítima a su gobierno. Incluso antes de que se llevaran a cabo las elecciones, dejó en claro que a menos que ganara, no reconocería el resultado.

Las consecuencias para la democracia en todo el mundo — no solo en Estados Unidos, Israel o Perú — son aún mayores. Ya se han robado elecciones anteriormente. Los dictadores ya han falsificado resultados. Pero los candidatos perdedores en las democracias establecidas normalmente no buscan poner a sus partidarios contra el mismo sistema de votación, desacreditar las elecciones, ni socavar la idea misma de la política competitiva. Ningún presidente estadounidense moderno lo ha hecho. Ningún líder democrático europeo de la posguerra tampoco lo ha intentado. Y hay una razón: en el fondo, la campaña de ‘detener el robo’ de Trump presenta un desafío existencial no para sus oponentes, sino para la democracia misma. Por definición, si la victoria de su oponente sólo puede obtenerse mediante el fraude, ¿cómo puede ser legítima una elección? Por definición, si la victoria de su oponente representa la muerte de la nación, entonces ¿por qué debe permitirse que se celebren elecciones? Hace unos días le pregunté a Larry Diamond — estudioso de la democracia en la Universidad de Stanford — si podía mencionar un precedente de la fraudulenta y virulenta campaña que sigue Trump contra el resultado de las elecciones de noviembre, y no pudo. “No conozco ningún ejemplo de una democracia industrial avanzada que se haya acercado tanto al abandono de los estándares fundamentales de la democracia electoral,” me dijo.

Tal vez debería sorprendernos que no haya sucedido con más frecuencia. La democracia siempre ha sido corruptible. Aristóteles rechazó la democracia porque contenía la tentación de la tiranía; los pilares de la democracia norteamericana llenaron la Constitución de controles y contrapesos precisamente por esa razón. Benjamin Franklin, cuando se le preguntó una vez qué iba a ser Estados Unidos, si «una república o una monarquía», respondió: «Una república, si se la puede mantener». Políticos más contemporáneos, incluidos algunos bastante sorprendentes, también han entendido la fragilidad de la democracia. Cuando sus asesores le sugirieron que impugnara los resultados de las elecciones presidenciales increíblemente ajustadas de 1960, Richard Nixon se negó: “Nuestro país no puede permitirse la agonía de una crisis constitucional y, maldita sea, no seré parte de la creación de una solamente para convertirme en presidente o cualquier otra cosa.»

La democracia no puede funcionar sin un cierto nivel de virtud cívica, una cuota módica de consenso; como mínimo, todo el mundo debe estar de acuerdo en seguir las reglas. Cuando esto no sucede pueden resultar elecciones impugnadas, violencia e incluso una guerra civil. Desde hace muchas décadas los estadounidenses, como los israelíes y muchos europeos, se han librado de esas plagas. A diferencia de Franklin y Nixon, ahora muchos de nosotros damos por hecho la probidad del sistema que tenemos. Pocos de nosotros estamos mentalmente preparados para que los más altos cargos del Estado sean ocupados por personas que no cumplen con las reglas, no están impregnadas de virtudes cívicas y no les importa dañar el delicado consenso democrático si eso es lo que se necesita para ganar.

Para los estadounidenses, israelíes y muchos otros, el principal peligro de las tácticas de «detener el robo» radica precisamente en su novedad: si no se ha visto o experimentado este tipo de asalto a la base fundamental de la democracia — si nunca ha habido un político que busque activamente socavar la confianza de los votantes en el sistema electoral, su confianza en que los votos se cuenten correctamente, su fe en que su nación puede sobrevivir a una victoria del otro partido — entonces es posible que no se vea venir el peligro. La mayoría de los electores republicanos parece no hacerlo. Aparte de la representante Liz Cheney, el representante Adam Kinzinger y unos cuantos funcionarios más, incluso los republicanos electos parecen no entender exactamente cuán corrosiva podría llegar a ser esta forma de política.

El peligro secundario de estas tácticas es su potencial de propagación. El «aprendizaje autocrático» es un fenómeno real: los dictadores son imitadores que imitan el uso que hacen los demás de las tecnologías de vigilancia y control de masas. Históricamente, los demócratas también han sido imitadores: hay una razón por la que las revoluciones democráticas se han producido en oleadas, ya sea en 1848 o en 1989. Pero los demócratas que aspiran a convertirse en autócratas también pueden aprender unos de otros.

Ahora que Trump ha liderado el camino, ahora que ha demostrado que es posible convertir un partido político importante en una bola de demolición antidemocrática y un vehículo para el agravio personal, otros le seguirán.

Sin duda Netanyahu, con una autocompasión al estilo de Trump, llevará al Likud por ese camino. («Mi familia y yo hemos pasado por cacería, enjuiciamiento y denigración, algo que nunca se ha visto,» dijo el domingo. «Todo para que ceda y me rinda a la izquierda.») Siguiendo el ejemplo de Trump, un asesor principal del presidente de extrema derecha polaco declaró en noviembre que el resultado electoral publicado en Estados Unidos era solo la «primera vuelta» de las elecciones, y que la «segunda vuelta» se decidiría en los tribunales — tal vez pensaba en las próximas elecciones parlamentarias de Polonia, ahora que una parte del poder judicial del país ha sido capturada y politizada. En Brasil, el presidente Jair Bolsonaro ha sugerido que podría perder el próximo año solo por «fraude». En Hungría, el presidente del Parlamento ha comenzado a preparar una historia destinada a dinamitar la fe en la democracia, en caso de que su partido pierda la próxima vez, preguntándose en voz alta si las elecciones de su país serán manipuladas desde afuera, tal vez desde Bruselas.

Nada es inevitable en esta espiral de bajezas. En Estados Unidos puede ser detenida, y de hecho, recientemente, funcionarios públicos que aún respetan las reglas lo han hecho así. En diciembre y enero, la administración Trump presionó al Departamento de Justicia y a algunas comisiones electorales estatales para que investiguen ridículas historias de fraude electoral e incluso para celebrar «elecciones especiales» en seis estados que Trump perdió. Esos planes fueron frustrados por funcionarios del Departamento de Justicia, así como por funcionarios públicos como el secretario de Estado de Georgia, Brad Raffensperger, un republicano que le dijo a Trump que — contrariamente a la afirmación del entonces presidente — no había ganado las elecciones en Georgia (“Bueno, Señor Presidente, el problema es que usted tiene datos equivocados.”). La tarea ahora — en Estados Unidos, en Israel, en Brasil, en Perú, en todo el mundo democrático — es asegurarse de que funcionarios públicos como Raffensperger permanezcan en el cargo. Depende de ellos postularse, depende de los partidos (especialmente el Partido Republicano) promoverlos, y depende de los electores votar por ellos. Y depende de todos los demás seguir hablando de este intento insidioso de corroer el consenso, antes de que el problema termine engulléndose nuestra democracia y tantas otras.

Anne Applebaum es historiadora, columnista de The Atlantic y ganadora del premio Pulitzer. También es catedrática de asuntos internacionales en la Johns Hopkins School of Advanced International Studies, profesora de prácticas en la London School of Economics y codirectora del LSE Arena, un programa sobre desinformación y propaganda del siglo XXI. Su último libro Red Famine: Stalin’s War on Ukraine [Hambruna Roja: la guerra de Stalin en Ucrania] se publicó en octubre de 2017 y recibió el premio Lionel Gelber en 2018.



Artículo de Anne Applebaum
Publicado/actualizado en The Atlantic el jueves, 17 de junio de 2021

Traducido al español por Alejandro Tellería-Torres

Enlace al artículo original en inglés: https://www.theatlantic.com/ideas/archive/2021/06/trump-fraud-stop-steal-copycats/619226/

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