Solo para conocedores (de Londres)

Crédito: U.S.E. London / flickr (CC BY-ND 2.0)

Esparcidas por toda la ciudad, estas 13 minúsculas cabinas alimentan a los taxistas londinenses — y a muchos peatones

“Somos una institución victoriana”, proclama Henry el taxista con orgullo, mientras se pone su gorra a cuadros escocesa. El cielo de la media mañana es gris en Londres y Henry está apretujado dentro de un pequeño cobertizo verde, sentado a una mesa estrecha en forma de U. A mi alrededor había un grupo de taxistas sorbiendo tazas de té y clavándose paladas de huevo y salchichas revueltas acompañadas de pan.

Esta diminuta cabaña en la céntrica Russell Square es donde se reúnen los guardianes de los secretos de Londres, los conductores de taxis cuyos cerebros llevan grabados mapas con cada centímetro de la ciudad. Es uno de los 13 refugios para taxistas que quedan en la capital, y solo los conductores con licencia que hayan pasado el mítico examen llamado The Knowledge — que verifica que hayan memorizado cada calle, punto de referencia y ruta de Londres — pueden ingresar.

La idea de los refugios surgió a fines del siglo XIX cuando George Armstrong, un año antes de convertirse en editor del periódico The Globe, no pudo tomar un taxi durante una tormenta de nieve porque los conductores, que entonces llevaban carruajes tirados por caballos, estaban acurrucados en un pub cercano y bebiendo para entrar en calor. Se asoció con otros filántropos como el conde de Shaftesbury, y encontraron una manera de conservar a los conductores en el camino recto — y lejos del alcohol.

El Cabmen’s Shelter Fund (CSF) nació en 1875, construyendo la primera cabaña en St John’s Wood — la cual todavía funciona a día de hoy, aunque muchas de las otras 60 cabinas construidas han sido derribadas.

Cada una fue construida al tamaño de un caballo y la carreta que tiraba, de acuerdo con las reglas de la Policía Metropolitana, porque estaban ubicadas en la vía pública. Proporcionaron refugio y sustento a los conductores de carruajes de alquiler (taxi negro), con reglas estrictas contra las obscenidades, juegos de azar, apuestas y consumo de alcohol.

Luego vino la Primera Guerra Mundial. Los conductores y sus vehículos fueron reclutados, hundiendo la operación de taxis y refugios en declive. “Perdimos gente, autos y caballos,” dijo Gary, uno de los taxistas con los que conversé en Russell Square.

Sin uso, sin cuidado y sin protección, las cabañas de roble sucumbieron a la podredumbre y la ruina. Algunas fueron destruidas por las bombas durante la Segunda Guerra Mundial, mientras que muchas fueron demolidas en planes posteriores de ampliación urbana.

Ahora solo quedan 13 de ellas, y solo 10 funcionan. Cada una está catalogada como Grade II — lo que significa que se les considera edificios de especial interés y se debe hacer todo lo posible para preservarlos. Son propiedad de la Worshipful Company of Hackney Carriage Drivers (WCHCD), gremio de quienes se ganan la vida en este negocio. El CSF es responsable del mantenimiento y la emisión de licencias anuales para quienes las administran.

“Hacer taxi es una actividad muy solitaria,” dice Colin Evans, un taxista de 44 años y representante del CSF. “Son lugares donde uno puede ir a tomar un té o un café con los compañeros. Si los conductores no los apoyaran, se perderían para siempre.”

Gary — quien viene a menudo aquí para tomar un té y refunfuñar un poco, porque “todos estamos en el mismo barco” — agrega: “He estado conduciendo taxi durante unos buenos años, y solo hace poco empecé a usar las cabinas. Decidí que era cuestión de usarlas o perderlas.”

La mayoría sirven desayunos — de salchichas, huevos y tocino —, bocadillos y bebidas calientes, con uno que otro pastel o lasaña cocinado por los propietarios en casa y recalentado en la estrecha cocina. Los no taxistas no pueden sentarse adentro a menos que sean invitados, lo cual sucede muy rara vez, pero sí pueden hacer pedidos a través de la trampilla o la ventana.

“De esa manera obtenemos ganamos más,” dice Jude Holmes, quien dirige la cocina en Russell Square. “Puedo atender a cientos de personas mientras un conductor se sienta con una taza de té.”

Mientras estábamos sentados allí una implacable llovizna en el exterior atrajo a más taxistas, que se saludaban unos a otros como miembros de una familia.

“Mi pequeña pandilla viene todos los días,” dijo Holmes. “Me preocupo un poco si no los veo. Es como su segundo hogar. A veces incluso preparan su propio té.” El cocinero añade que los conductores más nuevos a menudo se sienten intimidados para entrar, y prefieren pedir sándwiches por la ventana.

“A veces puede parecer un poco elitista,” admitió Gary.

La tetera burbujea, las cucharaditas tintinean contra la porcelana y el tocino chisporrotea y chisporrotea al freírse, mientras se habla de las mayores pesadillas de los taxistas. Como ser “estafado”, por ejemplo, cuando un pasajero se escapa sin pagar. O encontrar un baño público en el trabajo, lo cual es otra queja común — estas cabinas no cuentan con lavabos.

La mayoría de los conductores tiene otros trabajos y son músicos, artistas, productores de televisión e incluso actores. Sin embargo, dicen, una vez que se es taxista nunca se deja de serlo. “Si te jubilas, te mueres,” dijo Gary. Su rostro no tenía expresión.

Las anécdotas fluyen más rápido que el té. Sale la historia de ‘Fat Ray’, tan grande que tiene que apachurrarse para ponerse al volante de su taxi todas las mañanas, y no se mueve hasta que llega a casa. “No puede entrar aquí,” dijo Henry, pasando la mano por la pared de la cabina. “¡No pasaría por la puerta!”

Evans me llevó a dar una vuelta en su taxi y se detuvo en el refugio Temple Place, en Victoria Embankment, donde un equipo reparaba los daños causados ​​por el choque de un camión.

El estatus de Grado II de estas construcciones significa que su restauración es compleja y costosa. La restauración cuesta alrededor de £30.000, estima Evans, y los materiales de reemplazo deben coincidir con los originales. Incluso el tono de la pintura, Dulux Buckingham Paradise 1 Green, es el indicado por normativa para recordar a las primeras cabinas.

Las cabinas también se han visto afectadas por restricciones de ruido en áreas residenciales, y actualmente ninguna opera de noche — la mayoría abre alrededor de las 7 de la mañana y cierra a la 1 de la tarde. Una cabina en Chelsea Embankment ha estado cerrada durante cinco años debido a restricciones de estacionamiento, y el CSF está considerando donarla al Museo de Transporte de Londres.

Fundamentalmente, dijo Evans, estas pequeñas chozas no deben desaparecer, ni su historia debe olvidarse. “Es demasiado fácil deshacerse de ellas. Estos refugios son únicos. Representan un momento en el tiempo.”

Es cierto que hay mucha historia dentro de sus paredes. Evans me dijo que el refugio de Gloucester Road era apodado “el Kremlin” porque lo frecuentaban conductores que tenían ideas de izquierda. La cabina de Piccadilly, ya demolida, era lugar para fiestas propiciadas por el champán en la década de 1920 y había sido apodado Junior Turf Club — en referencia a un exclusivo club de caballeros en las inmediaciones — por juerguistas aristocráticos (no taxistas) que portaban su propio alcohol.

Y según una leyenda local, uno que dijo ser el mismísimo Jack el Destripador visitó alguna vez la cabina de Westbourne Grove.

Sigue habiendo signos visibles de su historia. Las pequeñas construcciones en la parte inferior de las cabinas era donde los conductores amarraban sus caballos antes de entrar. Los animales abrevaban de bebederos de mármol, ya desaparecidos. Cada refugio todavía tiene un respiradero en la azotea con tallas ornamentales, recordatorios de las estufas de leña que alguna vez se usaron para calentar y cocinar.

Continuamos hacia el refugio de Warwick Avenue, frecuentado por músicos y actores que viven cerca. El rockero británico Paul Weller — exvocalista de The Jam y The Style Council, conocido como el Modfather — a menudo se pide por la escotilla un bocadillo de salchicha y huevo, me dijo su encargada Tracy Tucker.

Tucker, cuyo esposo es taxista, ha estado a cargo de estas cabinas durante 14 años, y se mudó a la zona desde Thurloe Place en 2016. El techo fue reparado recientemente a un coste de £13.000, financiado por el CSF.

En el interior, la pequeña cocina tiene una estufa que crepita llena de salchichas y tocino, una nevera llena de rellenos para sándwiches, y estantes llenos con las tazas de los taxistas habituales, que llevan imágenes de los escudos de sus equipos de fútbol. Cuando el equipo de alguien es relegado o pierde un gran partido, Tucker ata una cinta negra al asa de su taza — como afectuosa señal de duelo.

Para sus clientes habituales, Tucker es de la familia.

“Me ven como una hermana mayor,” dijo. “Si me encuentro enferma, tengo que enviar un mensaje de texto a unas 20 personas para decirles que no abriré. Ese día, algunos de ellos no sabrán qué hacer con su vida.”

Tucker tiene sus propias reglas: no mirar el teléfono móvil de nadie, y no quejarse de Uber. “Todos sabemos que el negocio está bajo. El oficio está muriendo y he pensado en lo que haría si tuviera que conseguir otro trabajo. No creo que pueda trabajar en ningún otro lado.”

“Las pequeñas vidas que encuentran su lugar en estos refugios…” reflexiona disimulando una sonrisa Evans mientras nos alejamos. “No son solo los edificios, sino también los personajes. Si perdemos esto, perdemos parte de la historia del oficio del taxi, y una parte de la historia de Londres. Sería una verdadera lástima.”



Artículo de Ella Buchan
Publicado/actualizado en BBC Future el martes, 1 de mayo de 2018

Traducido al español por Alejandro Tellería-Torres

Enlace al artículo original en inglés: http://www.bbc.com/travel/story/20180430-the-secret-green-shelters-that-feed-londons-cabbies

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