Covid, ¿qué nos has hecho en solo 6 meses?

Foto del Parlamento británico en Westminster, vacío durante la pandemia de coronavirus. Crédito: UK Parliament / CC BY

 

En los primeros días del confinamiento, mi esposa y yo fuimos en bicicleta desde nuestra casa en el sur de Londres, cruzando el puente de Vauxhall, para entrar en un mundo que nunca había visto antes. El Embankment, la plaza del Parlamento, Whitehall, todo — menos el grupo armado tras la barricada policial en el número 10 de Downing Street [las oficinas del Primer Ministro británico] — completamente desierto. Alrededor de Trafalgar Square, a lo largo de Charing Cross Road y subiendo hacia Chinatown, los pubs y restaurantes estaban cerrados, las luces todavía parpadeaban en la fachada de los teatros a lo largo de Shaftesbury Avenue, y los carteles hacían publicidad a espectáculos que nadie vería. Misterioso, apocalíptico.

Era como estar en una película — eso era algo que la gente decía mucho en las primeras semanas.

Como si las imágenes más extravagantes salidas de Hollywood se hubieran cumplido: calles vacías, advertencias nefastas, la locura sombría y nocturna de las reuniones informativas oficiales. Todos estábamos asustados. Qué repentino parecía todo. En un minuto estábamos viendo hechos, en una ciudad de China de la que pocos habían oído hablar, pensando en lo terrible que se veía todo. Y allí estaba el virus, colándose como un ladrón en la noche, robando todo lo que damos por hecho en la vida — nuestra seguridad, nuestros hábitos, nuestros placeres, nuestras vidas aburridas — para dejar en su lugar caos, incertidumbre y miedo.

Aislados de familia, amigos y seres queridos. Qué crueldad que implica esto. Impedidos de resolver las necesidades humanas básicas de abrazar, tocar y besar. El acaparamiento egoísta de las primeras dos semanas, el indecoroso revoltijo de pasta, frijoles al horno y, sobre todas las cosas, papel higiénico. ¿Qué dirán los historiadores del futuro sobre eso? Sin embargo la paradoja es que, aunque el virus hizo todo lo posible para separarnos, también nos unió. Vecinos ayudándose unos a otros, el ritual semanal de aplaudir para el NHS, uniéndonos en la adversidad.

Vivimos en una calle ancha — bien podría ser el Río Grande o, como parecía en momentos más oscuros, el río Styx — y casi nunca habíamos visto a nuestros vecinos del otro lado, y mucho menos nos habíamos saludado con ellos. Pero allí estaban el jueves por la noche, toda la familia aplaudiendo furiosamente, mientras una niña rascaba su violín; sonaba algo parecido a Somewhere Over The Rainbow.

Luego aparecieron los grupos de Whatsapp, las borracheras virtuales. Mensajes inesperados de viejos amigos. ¿Todo bien contigo?

Simplemente nos apuntamos a todo. La necesidad de conectarse de alguna manera con un pasado más tranquilizador nunca había sido más entusiasta, más necesaria. ¿Por qué nunca habíamos hecho un Facetime antes? Esa es una lección que aprendimos.

Necesitábamos esas piedras de seguridad y familiaridad, porque el mundo a nuestro alrededor se desmoronaba. Cuanto más se prolongaba el encierro, más evidente era la horrible comprensión de que nadie tenía ni idea de cómo enfrentar al virus ni de qué hacer al respecto.

Habiendo llegado a creer que la “ciencia” se basaba en hechos fijos e indiscutibles, fue impactante descubrir que en realidad se trata de un grupo de personas, con opiniones muy diferentes, que discuten entre sí sobre la inmunidad colectiva, para ponerse o no la mascarilla, para confinar o dejar que suceda lo que sea. ¿Debíamos ser como Corea del Sur, o como Suecia? Todos nos convertimos en virólogos y epidemiólogos, todos expertos de campo, encorvados sobre nuestros portátiles y tabletas, saltando furiosamente entre los datos sobre las tasas de contagio y la web de Ocado, para pedir una hora de entrega.

Al salir de nuestros capullos de encierro, todo parecía más vívido, más precioso; lo común y corriente se veía casi mágico. El aire nunca había olido más fresco; Los cielos estaban más despejados. “¡Hay un avión!” diríamos, asombrados por la novedad, porque no habíamos visto un avión en días. Pensamos que sería maravilloso si todo se quedara así, pero, por supuesto, no podía durar.

Decir que esto no ha sido tan malo ocasiona un terrible sentimiento de culpa porque para muchos, por supuesto, esto ha sido muy malo. Qué terrible era ver en el telediario de la noche sufrimiento, goteo constante de malas noticias, aumentos diarios de nuevos casos y muertes.

Nunca antes las noticias habían sido como una montaña rusa tan emocionante; en un momento un terrible miedo te hunde la boca del estómago, en otro te levanta el ánimo el espectáculo de sobrevivientes saliendo del hospital, aplaudidos por filas de enfermeras y médicos, y valientes abuelos centenarios marchando alrededor de sus jardines para ayudar al NHS.

Y todo el tiempo otro sentimiento burbujea justo por debajo de la superficie; la dislocación y la ansiedad; una especie de histeria reprimida, una inquietud psíquica; la sensación de que en cualquier momento todo está a punto de explotar. Y luego, por supuesto, lo hizo, de una manera que nadie pudo haber predicho.

El encuentro que Gran Bretaña ha tenido, cara a cara, con su pasado imperial y los difíciles temas de racismo y desigualdad ya estaban en marcha, por supuesto. Pero si la brutal y horrible muerte de George Floyd hubiera ocurrido en febrero y no en mayo, cuando el mundo ya había estado hirviendo durante dos meses, ¿habrían estado esas decenas de miles de personas en las calles, exigiendo justicia y derribando estatuas? El espectáculo de la rodilla de un policía sobre la garganta de un hombre negro en una ciudad a 4.000 millas de distancia hizo que los carteles mostrando puños negros reemplazaran a los carteles de arcoíris del NHS en las ventanas de la ciudad — vívido símbolo de la oscuridad del estado de ánimo. A su manera, el efecto de este suceso en la forma en que pensamos y en la sociedad en que vivimos puede ser tan significativo como la pandemia.

¿Y qué tipo de sociedad será esa? Ya nos hemos adaptado a nuevas formas de vida. Lavarnos las manos con regularidad se ha vuelto automático (olvídate de eso de cantar dos veces el feliz cumpleaños). Ahora recogemos nuestra mascarilla y nuestra botella de alcohol en gel para manos junto con nuestras llaves y billetera. Mantenemos distancia social, y ya no pedimos disculpas a un amigo por no darle un abrazo o un apretón de manos.

Nos acostumbraremos a hacer reservas para ir a todas partes. Algunos de nosotros nos sentiremos liberados de tener que ir a la oficina nuevamente; otros se han dado cuenta de cuán importante es la rutina, la compañía de los colegas, los intercambios personales que una llamada de Zoom nunca podrá imitar. Habrá oficinas, pero menos y más pequeñas. Para muchos, el commute [desplazamiento al trabajo] de todos los días será una cosa del pasado, y con ello el café del Costa y almuerzo en el Pret. Los centros de las ciudades se quedan vacíos. La vitalidad, la pluralidad cultural; las posibilidades de autoinvención; el ajetreo, el empujón y la agitación que solo una ciudad puede proporcionar, están disminuyendo.

Los barrios florecerán.

Pero no se trata exactamente de los mismos barrios que conocíamos hace pocos meses.

La vida, de alguna manera, retrocederá 50 años. Los días de los fines de semana en Barcelona o Lisboa, una semana de esquí, una quincena dorándonos al sol, se convertirán en un vago recuerdo. Nuestros horizontes se reducirán. Nos volveremos más parroquiales.

Todos estaremos tristes por eso — particularmente los jóvenes cuyos futuros, que deberían ser brillantes, ahora están nublados por la incertidumbre. ¿Y qué pasa con el virus? Se nos dice que una segunda ola es inevitable, pero cada vez parece más que la primera ola nunca ha terminado realmente.

Ya nos estamos acostumbrando a los brotes locales y creemos que serán manejados. Aprenderemos a trabajar alrededor de ellos. ¿Vamos a conquistar al virus? ¿Llegará la vacuna a tiempo? ¿Qué es exactamente “a tiempo”?

“La verdad es que siento que me han enterrado vivo,” me dijo un amigo el otro día hablando de la vida de hoy, sucumbiendo a ese humor fatalista y cansino que nos ha infectado a todos de vez en cuando.

Durante los últimos seis meses, hemos vivido la Era de la Incertidumbre. Nunca me hubiera creído muchas cosas que hacemos ahora, si me hubieran dicho en enero “este es tu futuro”. Y me temo que este sentimiento de estar en el ocaso de la vida y la existencia estará con nosotros durante los próximos meses y años.

Pero quizás nos reanime el recuerdo de esos momentos de confinamiento en que parecíamos más conscientes de la humanidad que compartimos; quizás seremos más amables, sabiendo que todos hemos tenido que hacer frente a nuestra mortalidad y a la sobria e inevitable verdad. No estamos a salvo. No hay garantías. Unos enfermarán y otros morirán. Porque eso es la vida.


 

Artículo de Mick Brown
Publicado en The Daily Telegraph el jueves, 30 de julio de 2020
Traducción al español de Alejandro Tellería-Torres
Enlace al artículo original (en inglés): https://www.telegraph.co.uk/family/life/covid-have-done-us-just-six-months/

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