
En los primeros dÃas del confinamiento, mi esposa y yo fuimos en bicicleta desde nuestra casa en el sur de Londres, cruzando el puente de Vauxhall, para entrar en un mundo que nunca habÃa visto antes. El Embankment, la plaza del Parlamento, Whitehall, todo — menos el grupo armado tras la barricada policial en el número 10 de Downing Street [las oficinas del Primer Ministro británico] — completamente desierto. Alrededor de Trafalgar Square, a lo largo de Charing Cross Road y subiendo hacia Chinatown, los pubs y restaurantes estaban cerrados, las luces todavÃa parpadeaban en la fachada de los teatros a lo largo de Shaftesbury Avenue, y los carteles hacÃan publicidad a espectáculos que nadie verÃa. Misterioso, apocalÃptico.
Era como estar en una pelÃcula — eso era algo que la gente decÃa mucho en las primeras semanas.
Como si las imágenes más extravagantes salidas de Hollywood se hubieran cumplido: calles vacÃas, advertencias nefastas, la locura sombrÃa y nocturna de las reuniones informativas oficiales. Todos estábamos asustados. Qué repentino parecÃa todo. En un minuto estábamos viendo hechos, en una ciudad de China de la que pocos habÃan oÃdo hablar, pensando en lo terrible que se veÃa todo. Y allà estaba el virus, colándose como un ladrón en la noche, robando todo lo que damos por hecho en la vida — nuestra seguridad, nuestros hábitos, nuestros placeres, nuestras vidas aburridas — para dejar en su lugar caos, incertidumbre y miedo.
Aislados de familia, amigos y seres queridos. Qué crueldad que implica esto. Impedidos de resolver las necesidades humanas básicas de abrazar, tocar y besar. El acaparamiento egoÃsta de las primeras dos semanas, el indecoroso revoltijo de pasta, frijoles al horno y, sobre todas las cosas, papel higiénico. ¿Qué dirán los historiadores del futuro sobre eso? Sin embargo la paradoja es que, aunque el virus hizo todo lo posible para separarnos, también nos unió. Vecinos ayudándose unos a otros, el ritual semanal de aplaudir para el NHS, uniéndonos en la adversidad.
Vivimos en una calle ancha — bien podrÃa ser el RÃo Grande o, como parecÃa en momentos más oscuros, el rÃo Styx — y casi nunca habÃamos visto a nuestros vecinos del otro lado, y mucho menos nos habÃamos saludado con ellos. Pero allà estaban el jueves por la noche, toda la familia aplaudiendo furiosamente, mientras una niña rascaba su violÃn; sonaba algo parecido a Somewhere Over The Rainbow.
Luego aparecieron los grupos de Whatsapp, las borracheras virtuales. Mensajes inesperados de viejos amigos. ¿Todo bien contigo?
Simplemente nos apuntamos a todo. La necesidad de conectarse de alguna manera con un pasado más tranquilizador nunca habÃa sido más entusiasta, más necesaria. ¿Por qué nunca habÃamos hecho un Facetime antes? Esa es una lección que aprendimos.
Necesitábamos esas piedras de seguridad y familiaridad, porque el mundo a nuestro alrededor se desmoronaba. Cuanto más se prolongaba el encierro, más evidente era la horrible comprensión de que nadie tenÃa ni idea de cómo enfrentar al virus ni de qué hacer al respecto.
Habiendo llegado a creer que la «ciencia» se basaba en hechos fijos e indiscutibles, fue impactante descubrir que en realidad se trata de un grupo de personas, con opiniones muy diferentes, que discuten entre sà sobre la inmunidad colectiva, para ponerse o no la mascarilla, para confinar o dejar que suceda lo que sea. ¿DebÃamos ser como Corea del Sur, o como Suecia? Todos nos convertimos en virólogos y epidemiólogos, todos expertos de campo, encorvados sobre nuestros portátiles y tabletas, saltando furiosamente entre los datos sobre las tasas de contagio y la web de Ocado, para pedir una hora de entrega.
Al salir de nuestros capullos de encierro, todo parecÃa más vÃvido, más precioso; lo común y corriente se veÃa casi mágico. El aire nunca habÃa olido más fresco; Los cielos estaban más despejados. «¡Hay un avión!» dirÃamos, asombrados por la novedad, porque no habÃamos visto un avión en dÃas. Pensamos que serÃa maravilloso si todo se quedara asÃ, pero, por supuesto, no podÃa durar.
Decir que esto no ha sido tan malo ocasiona un terrible sentimiento de culpa porque para muchos, por supuesto, esto ha sido muy malo. Qué terrible era ver en el telediario de la noche sufrimiento, goteo constante de malas noticias, aumentos diarios de nuevos casos y muertes.
Nunca antes las noticias habÃan sido como una montaña rusa tan emocionante; en un momento un terrible miedo te hunde la boca del estómago, en otro te levanta el ánimo el espectáculo de sobrevivientes saliendo del hospital, aplaudidos por filas de enfermeras y médicos, y valientes abuelos centenarios marchando alrededor de sus jardines para ayudar al NHS.
Y todo el tiempo otro sentimiento burbujea justo por debajo de la superficie; la dislocación y la ansiedad; una especie de histeria reprimida, una inquietud psÃquica; la sensación de que en cualquier momento todo está a punto de explotar. Y luego, por supuesto, lo hizo, de una manera que nadie pudo haber predicho.
El encuentro que Gran Bretaña ha tenido, cara a cara, con su pasado imperial y los difÃciles temas de racismo y desigualdad ya estaban en marcha, por supuesto. Pero si la brutal y horrible muerte de George Floyd hubiera ocurrido en febrero y no en mayo, cuando el mundo ya habÃa estado hirviendo durante dos meses, ¿habrÃan estado esas decenas de miles de personas en las calles, exigiendo justicia y derribando estatuas? El espectáculo de la rodilla de un policÃa sobre la garganta de un hombre negro en una ciudad a 4.000 millas de distancia hizo que los carteles mostrando puños negros reemplazaran a los carteles de arcoÃris del NHS en las ventanas de la ciudad — vÃvido sÃmbolo de la oscuridad del estado de ánimo. A su manera, el efecto de este suceso en la forma en que pensamos y en la sociedad en que vivimos puede ser tan significativo como la pandemia.
¿Y qué tipo de sociedad será esa? Ya nos hemos adaptado a nuevas formas de vida. Lavarnos las manos con regularidad se ha vuelto automático (olvÃdate de eso de cantar dos veces el feliz cumpleaños). Ahora recogemos nuestra mascarilla y nuestra botella de alcohol en gel para manos junto con nuestras llaves y billetera. Mantenemos distancia social, y ya no pedimos disculpas a un amigo por no darle un abrazo o un apretón de manos.
Nos acostumbraremos a hacer reservas para ir a todas partes. Algunos de nosotros nos sentiremos liberados de tener que ir a la oficina nuevamente; otros se han dado cuenta de cuán importante es la rutina, la compañÃa de los colegas, los intercambios personales que una llamada de Zoom nunca podrá imitar. Habrá oficinas, pero menos y más pequeñas. Para muchos, el commute [desplazamiento al trabajo] de todos los dÃas será una cosa del pasado, y con ello el café del Costa y almuerzo en el Pret. Los centros de las ciudades se quedan vacÃos. La vitalidad, la pluralidad cultural; las posibilidades de autoinvención; el ajetreo, el empujón y la agitación que solo una ciudad puede proporcionar, están disminuyendo.
Los barrios florecerán.
Pero no se trata exactamente de los mismos barrios que conocÃamos hace pocos meses.
La vida, de alguna manera, retrocederá 50 años. Los dÃas de los fines de semana en Barcelona o Lisboa, una semana de esquÃ, una quincena dorándonos al sol, se convertirán en un vago recuerdo. Nuestros horizontes se reducirán. Nos volveremos más parroquiales.
Todos estaremos tristes por eso — particularmente los jóvenes cuyos futuros, que deberÃan ser brillantes, ahora están nublados por la incertidumbre. ¿Y qué pasa con el virus? Se nos dice que una segunda ola es inevitable, pero cada vez parece más que la primera ola nunca ha terminado realmente.
Ya nos estamos acostumbrando a los brotes locales y creemos que serán manejados. Aprenderemos a trabajar alrededor de ellos. ¿Vamos a conquistar al virus? ¿Llegará la vacuna a tiempo? ¿Qué es exactamente «a tiempo»?
«La verdad es que siento que me han enterrado vivo,» me dijo un amigo el otro dÃa hablando de la vida de hoy, sucumbiendo a ese humor fatalista y cansino que nos ha infectado a todos de vez en cuando.
Durante los últimos seis meses, hemos vivido la Era de la Incertidumbre. Nunca me hubiera creÃdo muchas cosas que hacemos ahora, si me hubieran dicho en enero «este es tu futuro». Y me temo que este sentimiento de estar en el ocaso de la vida y la existencia estará con nosotros durante los próximos meses y años.
Pero quizás nos reanime el recuerdo de esos momentos de confinamiento en que parecÃamos más conscientes de la humanidad que compartimos; quizás seremos más amables, sabiendo que todos hemos tenido que hacer frente a nuestra mortalidad y a la sobria e inevitable verdad. No estamos a salvo. No hay garantÃas. Unos enfermarán y otros morirán. Porque eso es la vida.
ArtÃculo de Mick Brown
Publicado en The Daily Telegraph el jueves, 30 de julio de 2020
Traducción al español de Alejandro TellerÃa-Torres
Enlace al artÃculo original (en inglés): https://www.telegraph.co.uk/family/life/covid-have-done-us-just-six-months/
