Prensa británica de mañana, HOY — Escocia, Cataluña y el difícil asunto de la unidad

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Durante 50 años más o menos, innumerables estudiantes de escuelas y universidades en países de habla inglesa debieron su primer encuentro con la historia de España a John H Elliott. Su libro «España imperial 1469-1716», publicado en 1963, se convirtió en el texto estándar sobre la edad moderna de la grandeza de España. Revisado y actualizado, merecidamente se sigue imprimiendo a día de hoy.

Clasificado desde hace mucho tiempo entre los historiadores más destacados de Gran Bretaña, Elliott, de 88 años, ha escrito una oportuna comparativa de Cataluña y Escocia. No ha perdido nada de su talento para obtener una prosa fluida y lúcida, y un sensato juicio histórico.

Al comienzo de su obra «Escoceses y Catalanes, Unión y Desunión», Elliott observa modestamente que, cuando se embarcó en el proyecto, la historia de Escocia era «territorio desconocido» para él, y que su conocimiento de la historia catalana y española «tendía a extinguirse a fines del siglo XIX». No hay cómo darse cuenta de ello con este libro.

El sentimiento proindependentista en Escocia y Cataluña está poniendo a prueba la unidad de dos de los estados más antiguos de Europa, Reino Unido y España. Un referéndum de 2014 no logró reunir suficiente apoyo para la causa de una Escocia independiente. Pero la cuestión apenas ha llegado a resolverse, en buena parte debido al Brexit, voto impulsado por los ingleses para retirar a Reino Unido de la Unión Europea que la mayoría de los escoceses rechazó.

En Cataluña, el clamor por la secesión culminó en octubre pasado con un evento caótico que los líderes separatistas denominaron referéndum. Era ilegal según la constitución de España y el estatuto de autonomía regional de Cataluña. Los organizadores catalanes estiman que nueve de cada diez votantes respaldaron la independencia, con una participación de alrededor del 43%, pero estas cifras no son necesariamente confiables.

En general, el episodio resaltó la falta de apoyos amplios a la independencia, especialmente — pero no solamente — entre los no catalanes que se identifican principalmente como españoles. Ignorando estos sentimientos, los separatistas emitieron una inútil declaración de independencia que llevó a Madrid a imponer un gobierno directo. La autonomía, sin embargo, ahora está restaurada.

Pero el enfrentamiento sembró divisiones en la sociedad catalana y envenenó las relaciones entre los nacionalistas y la autoridad central en Madrid, más aún de lo que fue para la sociedad escocesa posterior a 2014 y para las relaciones entre los nacionalistas escoceses y Londres. Dicho esto, la política escocesa se desarrolla en una esfera cada vez más separada del resto de Reino Unido.

Elliott no duda en criticar al gobierno de España y a las fuerzas pro-unidad por los pasos equivocados que dieron, contribuyendo al enfrentamiento del año pasado. «Perdieron una promisoria oportunidad de producir una narrativa nacional» española «que hubiera esquivado el duro centralismo de épocas anteriores y, en su lugar, hubiera señalado el éxito de la España posterior a 1978 en lo que respecta a reconciliación de la unidad y la diversidad en beneficio de todos sus pueblos.» escribe el autor.

Al mismo tiempo, Elliott fija la responsabilidad principal del curso desordenado de los acontecimientos en los secesionistas. «Se habían puesto claramente fuera de la ley. […] En su arrogante pretensión de hablar por toda Cataluña y de señalar sistemáticamente a España como el «enemigo», han abierto una brecha al medio de la sociedad catalana.»

Además de su confiable dominio de los hechos, el libro de Elliott convence porque ubica a Escocia y Cataluña, respectivamente, en la historia más amplia de las islas británicas e irlandesas y de España. Este enfoque le permite a Elliott identificar las diferencias entre Cataluña y Escocia, así como las similitudes.

El conocimiento de los contextos distintivos de las historias inglesa y castellana es esencial para desentrañar estas diferencias. Desde el siglo XII, Cataluña formaba parte de un reino más grande, la Corona de Aragón. A diferencia de Escocia, cuyo ejército bajo Roberto I Bruce aseguró la independencia en Bannockburn en 1314, Cataluña nunca fue un estado soberano; aún así, tenía sus propias leyes e instituciones representativas y estaba ferozmente orgulloso de ellas. Cuando la región se alzó en rebelión en 1640 — tema de la magistral obra de Elliott «La rebelión de los catalanes» — fue por la sospecha catalana de que los gobernantes españoles socavaban estas libertades con el objetivo de formar un imperio más centralizado.

Tensiones similares marcaron la guerra de Sucesión española, de 1701 a 1714. En palabras de Elliott, la «desastrosa elección» de Cataluña de respaldar al candidato de los Habsburgo para el trono vacante de España condujo a un espantoso asedio de 15 meses a Barcelona, y a la pérdida de las antiguas libertades de la región. «En muchos aspectos, el principado fue tratado como territorio ocupado», escribe Elliott de la Cataluña del siglo XVIII.

La trayectoria de Escocia fue diferente. Su revolución protestante de 1560 significaba que compartía una religión con Inglaterra, aunque la versión escocesa era calvinista. Las relaciones anglo-escocesas nunca fueron tan enconadas como las de Inglaterra con la Irlanda católica: cuando la dinastía Tudor de Inglaterra terminó en 1603, los ingleses aceptaron a Jaime VI de Escocia como su nuevo rey, Jaime I.

Como se sabe, Jaime ansiaba crear una «unión de corazones y mentes» entre ingleses y escoceses. Nunca sucedió. Elliott describe peleas callejeras, sospechas mutuas y estereotipos: los escoceses creían que los ingleses eran arrogantes y superiores, los ingleses veían a los escoceses como flojos, pobres y avariciosos.

Sin embargo, mucho cambió después de la Ley de la Unión de 1707. El éxito de Gran Bretaña como proyecto imperial permitió a escoceses e ingleses celebrar la unión como modelo de cooperación ilustrada. Los escoceses estaban mucho más implicados en las hazañas comerciales y militares del imperio británico, que los catalanes en las de España.

En el siglo XIX y principios del XX, la estabilidad relativa interna y el liberalismo británicos contrastaban con los frecuentes golpes militares en España y la coacción estatal de nacionalistas y anarquistas catalanes. Entre 1875 y 1931 pocos políticos catalanes sirvieron en el gobierno español, mientras seis de los once primeros ministros de Reino Unido entre 1868 y 1935 fueron escoceses de nacimiento u origen.

La represión más severa de Cataluña ocurrió bajo la dictadura del general Francisco Franco después de ganar en 1939 la guerra civil española. Con el regreso a la democracia a fines de la década de 1970, se produjo una reacción predecible: Cataluña adquirió más autogobierno que en ningún otro momento desde la unión de las coronas de Castilla y Aragón en 1469. El gobierno regional ejerció una gran influencia sobre la educación y los medios. Jordi Pujol, líder de Cataluña desde 1980 hasta 2003, explotó el equilibrio de la política partidaria en Madrid para aumentar los poderes de su región. Como escribe Elliott, estas tendencias fueron la base del fermento político entre 2010 y 2017: «El programa de catalanización o adoctrinamiento total — inaugurado por Pujol 30 años antes — estaba dando sus frutos.»

En términos más amplios, Escocia y Cataluña vieron que la UE les ofrecía posibilidades de autoexpresión nacional bajo un paraguas europeo, en lugar de dentro de los estados tradicionales de Reino Unido y España. Sin embargo, el bloque no mostró interés en alentar el separatismo catalán en 2017, ni la independencia escocesa tres años antes. Si Escocia se separa de Reino Unido, su camino hacia la adhesión a la UE no sería nada fácil, en parte porque Madrid se resistiría a apoyarlo y sentar un precedente para Cataluña.

Al igual que todos los libros de Elliott, «Escoceses y Catalanes» muestra erudición y es un placer puro para el lector. Algunos catalanes y escoceses podrán oponerse a su argumento, que dice que sus pensamientos están impregnados de una sensación de «victimismo» nacional. Sin embargo, también culpa a Madrid y a Londres por la «falta de imaginación» que en ocasiones enfrentó innecesariamente a los pueblos más indefensos de ambos reinos.


Scots & Catalans: Union & Disunion, de John H Elliott. Yale University Press, 339 páginas.

Tony Barber es editor europeo de Financial Times.

Publicado en la edición digital de Financial Times el 8 de agosto de 2018

Traducido por Alejandro Tellería-Torres

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Prensa británica de mañana, HOY — THE TIMES — MIÉRCOLES, 8 DE AGOSTO 2018

TIMES Wed 8 Aug

THE TIMES — MIÉRCOLES, 8 DE AGOSTO 2018

El nuevo ferrocarril de alta velocidad de Gran Bretaña emplea a un cuarto de su personal en paquetes de pago de seis cifras.

HS2 pagó a 318 funcionarios al menos £100,000 entre salarios y beneficios el año pasado, en comparación con los 155 de 2015-16. También gastó más de £600 millones en consultores, más del doble de la cifra del año anterior.

La escala de pago ha disparado las alarmas en la parte superior del gobierno. Liz Truss, secretaria en jefe del Tesoro, escribió en la pasada primavera a Chris Grayling, ministro de transportes, advirtiéndole que los salarios eran preocupantemente altos.

HS2 Ltd, la empresa pública detrás del proyecto, tiene 1.346 empleados, lo que significa que el 24% de ellos ahora disfruta de un paquete de remuneración de seis cifras que incluye salario, bonificación y cualquier contribución pensionaria de la empresa.

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Las drogas y teléfonos móviles se han convertido en contrabando de rutina en las cárceles, pero los internos de Cheshire tienen gustos bastante más refinados.

Filetes de solomillo y pescado fresco se introducen de contrabando para los ‘bon vivants’ internados en la prisión abierta de Thorn Cross, cerca de Warrington, quienes se han cansado de la mala calidad y de las porciones pequeñas de comida servidas en la cocina de la cárcel.

Un informe de vigilancia ha revelado que los presos están ordenando productos a sus amigos en el exterior. Luego, intrusos escalan la cerca del perímetro y dejan maletines de mano llenos de manjares ilícitos fuera de los bloques donde están sus amigos, con la esperanza de que los reclusos los recojan antes de que el personal los descubra. Cada unidad en la cárcel tiene un microondas y una tostadora en la cocina.

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Foto de Charles Rolls y Tim Warrillow, cofundadores de la marca Fever-Tree — la compañía de agua tónica de lujo cuya búsqueda de ingredientes les llevó a la frontera de Ruanda y la República Democrática del Congo — que ha ganado £330 millones por concepto de acciones en cuatro años.