
De Chile a Bolivia, las revueltas contra líderes de izquierda y derecha tienen causas fundamentales en el crecimiento estancado y la inversión débil
«Esto parece una escena de la Segunda Guerra Mundial, justo aquí, en el corazón de Santiago». Felipe Alessandri, alcalde de una de las ciudades más prósperas de América Latina, examinaba los restos quemados de la Iglesia de la Veracruz, de 170 años de antigüedad, destruida en un incendio iniciado durante una huelga general el martes pasado en el centro de la capital de Chile.
Las llamas que consumieron la Veracruz son un vívido recordatorio de que las violentas protestas — que echaron por los suelos la gran historia del éxito económico chileno en América Latina — continúan sin control, a pesar de las promesas del gobierno de un gasto social adicional, un nuevo gabinete y una nueva constitución.
Algunos izquierdistas latinoamericanos aplaudieron lo que llamaron una revuelta de las masas de Chile contra las fallidas políticas económicas del presidente Sebastián Piñera, multimillonario empresario conservador de cabello plateado. Sin embargo, un levantamiento popular en la vecina Bolivia ha llevado a la caída de un político que está en el otro extremo del espectro político.
Evo Morales — el primer jefe de estado indígena del país — huyó a México después de que su presidencia de 14 años colapsara esta semana, en medio de una furia generalizada contra un fraude electoral que ha desencadenado enfrentamientos violentos entre sus partidarios y opositores.
Chile y Bolivia tienen niveles de riqueza y madurez política fuertemente contrastantes, pero la agitación que envolvió a ambos países en las últimas semanas se ajusta a un patrón más amplio en América Latina este año.
Las protestas masivas han sacudido a los gobiernos de Ecuador, Haití, Honduras y Venezuela, el parlamento fue disuelto en Perú, un presidente de extrema derecha asumió el cargo en Brasil, un candidato antisistema ganó la presidencia de El Salvador y las urnas electorales expulsaron a la administración en funciones en Argentina.
«América Latina está en armas, desde el cono sur hasta México,» dice Alberto Ramos, director de economía latinoamericana de Goldman Sachs en Nueva York. «Este dolor es real, y se ha estado gestando durante varios años».
Ramos señala a las economías débiles como el principal culpable: el crecimiento real del producto interno bruto ha promediado solo un 0,8% en los últimos seis años en la región. «Cuando se tiene en cuenta el crecimiento de la población, eso significa que el PIB per cápita en realidad disminuyó,» afirma.
La década de 1980 llegó a ser conocida en América Latina como la «década perdida» después de que una crisis de la deuda externa en la región detuviera la economía de la zona. Para muchos países, existe el riesgo de que la experiencia se repita en la década actual.
Los problemas comenzaron con el final del auge mundial de los commodities (nombre que se da internacionalmente a las materias primas) en 2014. Los gobiernos latinoamericanos — predominantemente de izquierdas — de la década anterior gastaron generosamente para reducir la pobreza y redistribuir los ingresos, pero no invirtieron lo suficiente en áreas como infraestructura o educación para que sus economías fueran competitivas cuando llegasen tiempos más difíciles. Así, el crecimiento se estancó y decenas de millones de ciudadanos que se habían unido a las clases medias en los años buenos sintieron el frenazo en su nivel de vida, atenuándose así sus perspectivas para el futuro.
El dolor solo empeora. Este año y el próximo, América Latina se convertirá en la región de crecimiento más lento del mundo según el FMI, que pronostica un crecimiento de solo 0.2 por ciento en 2019. El crecimiento para el África subsahariana este año se estima en 3.2 por ciento.
La implosión de Venezuela bajo el gobierno socialista de Nicolás Maduro es la característica más dramática. Más de 4.5 millones de refugiados han huido de la antigua nación exportadora de petróleo después de un colapso económico que tiene pocos paralelos en tiempos de paz, pero el desempeño de las otras economías de la región también ha sido pésimo.
La ferocidad de los disturbios en Chile ha alarmado a los observadores, que desde el final de la dictadura de Pinochet en 1990 habían visto al país como ejemplo a seguir en un continente turbulento. El mismo Piñera hizo la comparación en una entrevista con el Financial Times el mes pasado. «Mira a América Latina», dijo. «Argentina y Paraguay están en recesión, México y Brasil están estancados, Perú y Ecuador en una profunda crisis política y en este contexto Chile parece un oasis porque tenemos una democracia estable, la economía está creciendo, estamos creando empleo, estamos mejorando los salarios y estamos manteniendo el equilibrio macroeconómico.»
Diez días después de esas palabras, los disturbios se apoderaron de la capital y Piñera declaró el estado de emergencia, sacando a tropas del ejército a las calles en un vano intento de mantener la ley y el orden. Ahora, la filial chilena de Aid to the Church in Need [Ayuda a la Iglesia en Necesidad] — organización benéfica que ayuda a los cristianos perseguidos en Irak o Siria — está dirigiendo su atención a los problemas más cercanos a su hogar: Veracruz fue la sexta iglesia chilena que fue saqueada e incendiada en los recientes disturbios.
Mónica de Bolle — miembro principal del Instituto Peterson de Economía Internacional en Washington — dice que la mejor explicación para la cadena de explosiones sociales repentinas en América Latina este año es la «teoría del túnel» acuñada por primera vez en la década de los setenta en Harvard por el economista de esa casa de estudios Albert Hirschman, la cual explica la voluble tolerancia a la desigualdad económica. Describe a conductores atrapados en atascos en carriles adyacentes dentro de un túnel.
«De repente, el carril de al lado comienza a moverse pero tu carril no», dice, parafraseando a Hirschman. «No hay ganancias directas para ti, pero aumentan tus expectativas de que mejore tu situación. Si no es así, las expectativas frustradas generan una sensación de ira y revuelta.»
Latinobarómetro — una ONG con sede en Chile que analiza la opinión pública en la región — descubrió el año pasado que la mayoría de los latinoamericanos veían su futuro económico más sombrío que en cualquier otro momento en los 23 años que se ha llevado a cabo la encuesta. La proporción que sintió que su país estaba progresando alcanzó un mínimo histórico de solo el 20 por ciento, mientras que el 48 por ciento percibía que se estaba estancando y el 28 por ciento que retrocedía.
Irónicamente, las dos naciones con los sentimientos más positivos sobre el progreso económico fueron Bolivia y Chile, donde el crecimiento ha sido más fuerte que el promedio regional en los últimos años.
Marta Lagos, directora de Latinobarómetro, dice que es demasiado fácil pensar que los problemas de América Latina eran puramente económicos. «Va mucho más al fondo que eso,» dice. «También hay problemas de desigualdad, control político y corrupción, lo cual es fatal para la democracia.»
En esta mezcla tóxica viene la capacidad de difundir el descontento rápidamente y organizar protestas fácilmente y sin costo a través de las redes sociales. América Latina tiene una de las proporciones más altas de usuarios activos de redes sociales, y los grupos de WhatsApp han tenido el papel principal en las victorias antisistema de figuras como el líder de extrema derecha Jair Bolsonaro en Brasil el año pasado.
En medio de esta desilusión generalizada el apoyo a la democracia en América Latina — una región plagada de golpes militares — cayó al 48 por ciento el año pasado, su nivel más bajo en conjunto.
Lagos señala que solo un presidente de una de las principales naciones de la región, el populista de izquierda de México Andrés Manuel López Obrador, goza de una popularidad de más del 50 por ciento — y aún no ha completado un año en el cargo.
De Bolle compara las protestas chilenas — que fueron provocadas por un pequeño aumento en las tarifas del metro — con las grandes manifestaciones que arrasaron Brasil en 2013 que también comenzaron con una protesta contra un aumento en las tarifas de transporte público, pero rápidamente se transformaron en un movimiento más amplio y más violento contra servicios de baja calidad. «No hay liderazgo, es un movimiento espontáneo que nace de las frustraciones, por lo que está dirigido a todo», dice ella. «Es saber que hay algo mal en el sistema, pero nadie sabe exactamente qué es.»
Nicholas Watson, jefe de América Latina de la consultora Teneo, cree que si bien las protestas en Bolivia, Ecuador y Chile fueron provocadas por problemas locales específicos, también tuvieron factores en común. «Lo más importante es la existencia de una capa subyacente más profunda de frustración y descontento, ya que las ganancias obtenidas durante el auge de las commodities se han ralentizado o retrocedido», escribió en una nota reciente.
Las perspectivas para los próximos años son, en todo caso, peores.
A pesar del desempeño económico generalmente mediocre de la región, en los últimos años América Latina pudo al menos contar con el hecho de que la economía global era fuerte, los mercados eran en gran medida estables y el capital de inversión extranjera disponible, factores que no pueden garantizarse en el futuro.
«En todos los países latinoamericanos, la situación es tan poco inspiradora que tenemos que investigar mucho y preguntar por qué el crecimiento en la región es tan mediocre y tan inferior al de otras regiones de mercados emergentes,» dice Ramos de Goldman.
«En términos muy generales, América Latina no invierte lo suficiente, no ahorra lo suficiente, no educa lo suficiente, no comercia lo suficiente y necesita una infraestructura mejor y más moderna.»
La extrema polarización de la política en la mayor parte de la región también está haciendo que sea más difícil lograr cualquier tipo de cohesión o consenso en sociedades que ya son más diversas que en muchas otras partes del mundo.
Los dos países más grandes de la región, Brasil y México, están gobernados por populistas de extrema derecha y extrema izquierda, respectivamente. Venezuela tiene un abismo casi insalvable entre los partidarios de Maduro que rinden culto a su mentor Hugo Chávez, y la oposición democrática.
En Bolivia, Morales dividió a su país en términos étnicos para dinamizar a sus partidarios, y en Chile toda la clase política ha fracasado a los ojos de los manifestantes quienes los ven incapaces de ofrecer una sociedad más justa.
De Bolle ve una tendencia anti-incumbencia entre las corrientes a veces contradictorias. «Si hay una elección, el pueblo expulsa por las urnas a los que no han cumplido, ya sean de izquierda o de derecha,» afirma. “Y luego votan a alguien que promete hacer las cosas de manera diferente. . . lo cual no ayuda, necesariamente, a resolver nada.»
por Michael Stott
Publicado en Financial Times el 15 de noviembre de 2019
© The Financial Times Ltd 2019
Traducción de Alejandro Tellería-Torres
Enlace al artículo original: https://www.ft.com/content/07f0e09e-0795-11ea-9afa-d9e2401fa7ca?fbclid=IwAR24jII7BtF3QaDIgmB-6yKus2OJ6e_07n4yQ6OGiCModX61kKKpsn6BOOc
